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Rosario tuvo una metamorfosis al ritmo que le imprimió el partido con Holanda

Pese al feriado, hasta las 16 hubo algunos locales abiertos y mucha venta ambulante. A las 17, todo se paró y con la victoria las calles explotaron.

Jueves 10 de Julio de 2014

En apenas una hora, entre las 16 y las 17, el centro y las principales avenidas de la ciudad pasaron de un movimiento inusual para una jornada no laborable, con apuro de los vendedores ambulantes por concretar lo que podrían ser sus últimas ventas mundialistas, al desierto total. A pesar del feriado por el Día de la Independencia Nacional, sobre la peatonal Córdoba varios negocios mantuvieron abiertas sus puertas desde la mañana y hasta poco antes de que largara la semifinal entre Argentina y Holanda. Pero a medida que pasaban los minutos, empezó a cundir un clima de expectativa y nerviosismo: en algunas esquinas la gente se agolpó a la espera de taxis para llegar a tiempo al lugar donde vería el partido y los bares abiertos se prepararon para recibir a una fiel hinchada de parroquianos.

Después de la movida de los mercantiles del año pasado para que los grandes comercios respetaran los feriados patrios, sorprendió que ayer algunos locales céntricos abrieran sus puertas. Falabella, por ejemplo, atendió al público. Y no fue el único.

A los negocios abiertos los acompañó también el comercio informal, esta vez de exclusivo perfil mundialista.

Era de entender: hasta ayer, los vendedores ambulantes no sabían aún si el partido con Holanda no sería su última oportunidad para colocar todo el merchandising albiceleste, banderas, camisetas, gorros, medias, cuelleras, matracas y cornetas.

Bien pertrechados. Hasta las 16, y pese al feriado, se vio mucho movimiento en las calles, bares y comercios, sobre todo panaderías, donde la mayoría fue a comprar cosas para la merienda con que compartiría por la tarde los interminables minutos del partido.

Después de esa hora, las persianas de los negocios céntricos que antes habían abierto se bajaron a cal y canto y la gente empezó a partir rauda hacia los lugares elegidos para mirar el partido: hogares, clubes o bares, algunos con promociones especiales por el Mundial.

En ciertos casos, incluso, los locales estipularon consumiciones mínimas para poder verlo. En el bar El Cairo, por caso, el mínimo fue de 100 pesos, lo que hizo que esta vez bajara la cantidad de público y que algún parroquiano se fuera enojado.

Cerca de las 17, ya casi no quedaba nadie en las calles. Y los más rezagados corrían para llegar a ubicarse frente a una pantalla antes del silbato inicial.

El resto del tiempo que duró el partido, hasta bien pasadas las 20, la ciudad pareció muerta, fuera de los gritos, exclamaciones y "Uhssss" que se escucharon con cada llegada a los arcos, el propio y el ajeno.

El resto es historia conocida: la inapelable tiranía de los penales, que esta vez jugó a favor de Argentina. Y en cinco minutos, no mucho más, la peatonal explotó, convertida en un mar de gente que confluyó de todas partes para encolumnarse rumbo al Monumento a la Bandera.

"Nos juntamos en casas y bares, pero por Facebook todos quedamos en que si ganábamos nos íbamos a ir encontrando por la peatonal para llegar a festejar en grupo", contó una de las chicas que, para entonces, formaba parte de una marea celeste y blanca que cantaba a voz en cuello el hit argentino del Mundial : "Brasil, decime qué se siente tener en casa a tu papá. Te juro que aunque pasen los años, nunca nos vamos a olvidar... que el Diego te gambeteó, que Cani te vacunó, que estás llorando desde Italia hasta hoy. A Messi lo vas a ver, la Copa nos va a traer, Maradona es más grande que Pelé".

Con el archirrival Brasil ya fuera del Mundial, el coro no paró a lo largo de cuadras y cuadras sobre la peatonal, y por supuesto tampoco en el Monumento.

Los vendedores ambulantes (para entonces, no solamente los que ofrecían merchandising futbolero sino de todo tipo) reaparecieron como por arte de magia y desplegaron nuevamente sus paños y banderas al hombro y al piso.

Después de todo, la emocionante semifinal del Mundial les había regalado una nueva oportunidad y salieron a aprovecharla. Ellos, como el resto de los 40 millones de argentinos.

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