Sábado 18 de Julio de 2009
“En términos de violencia interpersonal, Rosario es una de las ciudades
menos inseguras de América latina”. Quien pronunció esta afirmación es el abogado y
criminólogo rosarino Enrique Font, designado ayer secretario de Seguridad Comunitaria de la
provincia.
Esta dependencia desarrolla políticas y programas de participación
ciudadana para prevenir delitos. Para tal fin el funcionario designado cree que son claves las
acciones de los municipios.
Font ya colaboraba con la gestión del gobernador Hermes Binner. Desde el
año pasado supervisa un proyecto de intervención para el abordaje del delito en la ciudad de Santa
Fe, en el ámbito del Ministerio de Seguridad.
Ahora reemplaza en el cargo a Ubaldo Modarelli, que fue designado para
coordinar el programa de titularización de viviendas sociales, en la Dirección Provincial de
Vivienda y Urbanismo. Font tomará el cargo en agosto.
—¿Qué implica el trabajo en seguridad comunitaria?
—Implica ser coherentes con la concepcion que piensa la seguridad
como un fenómento multifacético complejo y que como tal requiere abordajes de corto, mediano y
largo plazo. Ser coherentes supone reconocer que el fenómeno de la seguridad, más o menos serio o
lesivo, requiere ser abordado por un conjunto de intervenciones que complementan las tradicionales
policiales o punitivas. Y tienen que ver con vincular otras áreas del gobierno, de las politicas
públicas, al abordaje de los problemas de seguridad. La idea de comunitario no se limita a la
participación de la sociedad civil en la materia: hay que sumar a eso la articulación de políticas
públicas.
—Qué otras areas del gobierno deberían participar en esta tarea?
—Depende del problema para involucrar a distintas áreas. Por
ejemplo, si existe una cuestión que involucre violencia interpersonal con armas entre jóvenes pero
que no está vinculada con una economía delictiva, deberá tener un abordaje que implique políticas
hacia el tiempo libre, la inclusión y la exclusión social en clave no sólo material, sino también
simbólica y cultural y que tenga que ver con reducir una economía de armas.
Acá existe una lógica mucho más de desarrollo social y de cultura. Cito
otro ejemplo: el robo de ciclomotores, donde hay una fuerte victimización entre la persona que
transita en el ciclomotor y quien lo roba. En este caso, aparecen otros aspectos además de la
intervención policial. Se debe operar sobre un mercado ilegal de compraventa de motos. Para eso hay
que controlar las habilitaciones municipales de comercios donde se venden (los rodados), verificar
si los vehiculos tienen patente y arreglar con las concesionarias para que las motos nuevas se
vendan patentadas.
—Suele sostenerse que la seguridad es competencia de la policía.
¿Qué opina de esto y de la decisión de algunos sectores de la sociedad de garantizar su propia
seguridad?
—Hay aspectos importantes de la trayectoria del fenómeno de la
seguridad que tiene que estar en manos de la policía. Por algo (la fuerza) cuenta con 17.500
empleados, funciona la 24 horas y los 365 días del año, pero hay cuestiones en las que tienen mucha
incidencia y otras —lo reconocen los policías— escapan a su órbita de intervención. Por
ejemplo, la violencia interpersonal por conflictos vecinales.
Distinciones. En este caso, la fuerza tiene que intervenir para aclarar los hechos, pero no le
toca abordar los problemas de un barrio por hacinamiento, por ejemplo. Hay variables que exceden a
la clave policial. Lo vital es que la intervención policial sintonice con la de desarrollo social
de un municipio. A veces el rol que juega un club, un partido político, un espacio cultural o
religioso en un barrio en términos de brindar recursos para el tiempo libre es clave en lo que es
una política de inclusión y de prevención del delito.
—¿Cómo será el trabajo con las vecinales y los municipios?
—El municipio es un actor fundamental en materia de prevención del
delito y seguridad. Los municipios grandes de la provincia tienen una responsabilidad crucial en lo
que es la atención primaria de la salud, en la cuestión social. Es lo mismo en términos de
habilitar y posibilitar el rol con la sociedad civil. No es el foro el único mecanismo de
participación civil. Una encuesta de victimización es una buena forma de valorar demandas y
necesidades concretas que tiene la sociedad.
—¿Cómo vislumbra la situación de seguridad urbana en Rosario?
—La ciudad tiene una evolución en los últimos 18 años muy parecida
al resto de las grandes ciudades argentinas como Córdoba, Capital Federal y Mendoza. Tienen tasas
de homicidio cada 100 mil habitantes que parten de una base baja de principios de los 90, se
incrementan de manera significativa en la segunda mitad de esa década, y se produce un
amesetamiento en los últimos años.
En el tema de la violencia letal, Rosario se comporta como esas
ciudades. No es el caso de la ciudad de Santa fe, que ha tenido una curva ascendente en los
homicidios. El delito más preponderante en Rosario es idéntico al más prepoderante en otras
ciudades argentinas: el arrebato de objetos en vehículos, que no involucra relación entre la
víctima y el victimario ya que los ilícitos ocurren cuando el propietario del bien no está
presente.
A su vez, las encuestas marcan hasta el 2002, en Rosario, un nivel de
descenso muy poco notorio en lo que son robos a mano armada. Sin embargo, esto es muy difícil
medirlo con denuncias porque la estadística basada en denuncias y lo que llamamos delito registrado
fluctúa. Es una cifra negra muy significativa en el caso de robos, hurtos y arrebatos, pero es un
dato poco fiable para ver la evolución. El dato marca la denuncia y no la realidad del hecho.
Realidad y percepción. Comparativamente con otras ciudades de Argentina, en cuestiones de violencia interpersonal, Rosario es junto con las ciudades grandes de Uruguay y Chile una de las menos inseguras de América latina. En Argentina, Chile y Uruguay, la violencia interpersonal comparativamente con el resto del continente es baja. Sin embargo, sabemos que la percepción social de los fenómenos no se mueven necesariamente con relación a las tasas.