Martes 12 de Agosto de 2014
Existe una visión que considera que la verdad de una determinada proposición es algo que no puede ser evaluado respecto de una "verdad absoluta" sin tomar en consideración la cultura y el contexto. En base a esta apreciación trataré de ser lo más objetiva posible. Para ejemplificar: me parece que el conflicto palestino-israelí es como quien le tira de la cola a un gato, hasta que éste se cansa y da el arañazo. Pacifista por naturaleza, y con una valoración por la existencia del ser humano (hago notar no sólo esta guerra, sino las internas de Africa y la incultura que lleva a los fundamentalismos hasta martirizar a su propio pueblo), escribí una carta "Robots de guerra" (2008), de la que cito un párrafo: "Israel lanzó nuevos ataques en Gaza y la cifra de muertos ya trepó a 280. El ataque de Israel en Gaza incluyó una universidad y los muertos son casi 300…. ¿qué hay tras estas maquinarias infernales llamadas guerras? Seres humanos. No sólo la visión de destrucción es para los muertos, están los que ven sus familias desintegradas, de ambos bandos. Los que sobreviven, que jamás se recuperarán del estrés postraumático de la violencia. Los heridos, amputados, que no se cuentan entre los muertos, pero figuran en las listas de muertos en vida. Motivaciones, poder: expansión político-económica, fundamentalismos religiosos, saldo: infinidad de vidas humanas destruidas ¿vale la pena?". Un señor que vive en Israel leyó en La Capital mi carta, y en su momento, me contestó: "Acabo de leer su carta publicada. Como me parece sincera y desinteresada, le contesto para que tenga una idea de lo que hay detrás de las crudas noticias de los medios. Vivo hace tiempo en Israel, y trabajo en la zona lindante con Gaza. Desde hace años que la rutina diaria incluye bombardeos. A veces más, a veces menos. Casi siempre hay una alarma que se escucha, y da contados segundos para tomar refugio, aunque cada tanto los cohetes caen sin previo aviso, como cuando disparan con morteros. Por todos lados refugios. La escuela primaria donde trabajo parece un refugio atómico. Capas y capas de cemento y acero para proteger a los chicos. A la hora de salir o entrar se abren refugios que están al lado de las salidas de colectivos. En resumen, no importa lo que estés haciendo, tienes que estar a 10 segundos de un refugio. Imagínate vivir así por años, no sólo los adultos, sino, los chicos de todas las edades. Los nervios siempre están de punta. Cualquier ruido inusual parece que es una alarma. La preocupación por los pibes es continua. Por un momento ponte en esta situación, y lo más probable es que no entiendas cómo no se hizo esta operación hace tiempo. Estoy seguro que entenderá porque vemos lo que sucede como una reacción estrictamente defensiva. Comprendo su preocupación por el sufrimiento del otro lado. Lo que desde lejos no se entiende (y de cerca apenas) es que existe una escala de valores distinta a la suya y la mía. A los gobiernos islámicos extremistas (y me parece que también al pueblo) no les interesan los valores universales de educación, bienestar, progreso. Ellos alimentan al pueblo con odio. Un odio y desprecio por la vida que nosotros no entendemos. Créame que nadie aquí festeja los muertos del otro lado. Esta gente son víctimas de una locura asesina y suicida, la misma que causó los atentados de New York, Madrid y Buenos Aires. Así y todo, los ataques son lo más selectivos posibles. Y la Universidad que fue atacada no era otra cosa que un laboratorio donde se armaban cohetes. Lo mismo que una mezquita que era un arsenal. Incluso según los datos palestinos, las víctimas civiles son las menos, a pesar de la densidad de población que hay allá y de que no tienen ningún problema en usar instalaciones civiles para almacenar armamento terrorista. El ejército Israelí no está formado por robots. Se trata de mis hijos (y no es una metáfora), y el respeto por la vida que se les inculca en el servicio es impresionante. Puede estar tranquila que son seres humanos sensibles y conscientes." Hari desde Israel.
Silvia Buonamico