Martes 06 de Octubre de 2009
Todo se inició cerca de las 6.50 de ayer cuando sonó el timbre en la casa de dos plantas situada en Hilarión de la Quintana 2979 C, entre Ovidio Lagos y Ceresetto. Entonces, Débora cumplió con un ritual: abrirle la puerta a la empleada doméstica. Pero las mujeres no tuvieron tiempo ni de saludarse. Con la velocidad de un rayo, tres hombres se abalanzaron sobre ellas y las inmovilizaron exhibiendo pistolas plateadas. “Vamos para adentro”, exclamó uno de los recién llegados mientras empujaba a la dueña de casa al interior de la vivienda.
A los gritos. Débora alcanzó a balbucear algunos alaridos y sus gritos
fueron escuchados por su hijo Franco, de 16 años. El adolescente intentó salir a la calle pero
corrió la misma suerte que su mamá y la doméstica y fue reducido. Perpleja, Lucila, su hermana
melliza, observó la escena y también quedó a merced de los asaltantes. “Quédense tranquilos y
vamos para arriba”, ordenó uno de los intrusos.
Mientras eso ocurría, Gustavo Grillo, de 45 años y dueño de casa, se
inquietó por los gritos que escuchaba y atinó a bajar desde su dormitorio. Lo hizo armado con una
escoba pero no pudo evitar que los ladrones continuaran con su accionar. Así, Grillo, sus
familiares y la empleada doméstica terminaron encerrados en el dormitorio matrimonial.
Quien recién en ese momento se percató de lo que ocurría fue Marilin, de
18 años e hija mayor de los Grillo, quien escuchaba desde su pieza el griterío y las órdenes de los
asaltantes. La chica, temblorosa, fue la principal testigo auditiva de lo que sucedía pero no salió
del cuarto.
Mientras dos de los intrusos controlaban a los ocupantes de la casa en
la planta alta de la propiedad y se encargaban de recoger todas las pertenencias familiares a su
alcance (anillos, relojes, cámaras digitales, un reproductor de mp3, consolas de videojuegos y un
televisor LCD de 50 pulgadas), se dio en el lugar uno de los momentos más angustiantes que vivieron
los Grillo. El tercer ladrón encañonó a Gustavo y lo obligó a ir a la planta baja. Allí, una y otra
vez le exigió la entrega de dinero. “Fue después de que mi papá los ayudara a bajar el
televisor”, contó Franco a La Capital.
Como Grillo se resistía a entregar el dinero, los ladrones hicieron
vivir a la familia otro momento de alta tensión.
Amenaza fatal. Fue cuando obligaron a descender a todas las víctimas del atraco a
punta de pistolas y lanzaron una nueva intimidación. “Si no nos dicen dónde está la plata,
matamos al pibe”, gritó uno de los ladrones mientras el caño de su pistola apuntaba a la
cabeza de Franco. Ayer a la tarde, aún angustiada, Débora recordó la escena.
A los Grillo no les quedó otra alternativa que resignarse e indicarles a
los maleantes dónde estaba guardado el efectivo. Con el dato preciso, uno de los intrusos se alzó
con 30 mil pesos y 7 mil dólares que había en la casa y recién entonces se marcharon.
Los dueños de casa no pudieron advertir si los delincuentes escaparon en
un vehículo. Débora se contactó con el 911, cuya central de emergencia está en la Jefatura de la
Unidad Regional II, a cuatro cuadras de la casa de los Grillo, pero recién “a los 20 minutos
apareció una patrulla del Comando Radioeléctrico. Tuve que llamar cinco veces”, se lamentó la
mujer.