Robaban en una casa de Echesortu y los sorprendió la policía: un muerto
Una sucesión de balazos estremecieron el sábado a la noche a los habitantes de un sector del barrio Echesortu. Las estampidas se produjeron cuando numerosos policías se tirotearon con tres ladrones que habían irrumpido en una casa de donde se habían llevado unos diez mil pesos...

Lunes 22 de Junio de 2009

Una sucesión de balazos estremecieron el sábado a la noche a los habitantes de un sector del barrio Echesortu. Las estampidas se produjeron cuando numerosos policías se tirotearon con tres ladrones que habían irrumpido en una casa de donde se habían llevado unos diez mil pesos. Tras el atraco, los maleantes escaparon por los techos de las viviendas lindantes, pero sus pasos fueron seguidos de cerca por varias patrullas policiales. En medio de la huida, según fuentes policiales, uno de los ladrones fue alcanzado por uno de los proyectiles disparados por uno de los uniformados y murió en el acto.
  Domingo Dibenedetto tiene 56 años y es el propietario de una carnicería situada en Zeballos y Alsina. Cerca de las 21.30 del sábado, el comerciante miraba el partido de Rosario Central y Tigre en su casa de Montevideo 3455. Su esposa, Adriana Beatriz Torres, y sus hijos, Guillermo, de 24; Ariel, de 18, y Rocío de 16 años, estaban en otro sector de la vivienda.
  En el living, Dibenedetto seguía el partido cuando escuchó unos gritos. Al asomarse advirtió a su hijo Carlos forcejeando con un desconocido en la vereda. El muchacho acababa de llegar en un Peugeot 206. Apenas pudo atravesar la puerta enrejada: un hombre lo esperaba en el jardín y se interpuso.
  “Como mi hijo no le quiso entregar la llave de la puerta de la casa se trabó en lucha con el ladrón. Ahí me tiré sobre el chorro y le pegué una trompada en la cara”, recordó el comerciante. Otros dos hombres entraron en escena y vencieron la resistencia de los dueños de casa con dos culatazos en la cabeza. En el paso siguiente inmovilizaron a Dibenedetto y a su hijo, atándoles las manos con trozos de alambre, a la vez que vaciaron los bolsillos de sus pantalones.
  Al comerciante le quitaron 800 pesos y a Carlos 6 mil pesos. Pero los intrusos tenían un dato. “Te vendieron. Dónde está la oficina”, exigió con suficiencia uno de ellos. La información de los asaltantes no era equivocada. Dibenedetto había vendido el 12 de junio un Fiat Palio 2003 en 26 mil pesos.

Planta alta. La oficina aludida está en la parte posterior de la propiedad. Allí, el dueño de casa firmó el boleto de compraventa por la operación del auto. El efectivo ya no lo tenía más el comerciante. Lo había utilizado para pagar la carne que le había comprado a abastecedores de esa mercadería.
  Mientras esto ocurría, Adriana subió a la planta alta de la casa sin que los intrusos se percataran. Caminó con sigilo por el garaje y alcanzó la escalera. Una vez arriba, se contactó con el flamante número telefónico para emergencias: el 911. “Señor, nos están robando”, balbuceó la mujer. “Estaba tan asustada que hasta dudé si le había dado bien la dirección”, comentó.
  Los tres malhechores no habían llegado solos. En la vereda, un cuarto maleante oficiaba de campana. Al parecer, el socio de los intrusos les avisó que estaba la policía. Una decena de móviles de la Patrulla Urbana y del Comando Radioeléctrico habían rodeado la calle. “Cuando le estaba abriendo la puerta que conecta con la oficina, uno de los tipos (por los ladrones) gritó «vamos que viene la yuta»”, recordó el comeciante.
  Entonces, dos de los asaltantes se esfumaron por el patio trasero de la propiedad, alcanzaron una escalera interna y desde allí saltaron a los techos de las casas contiguas. Pero uno de los maleantes aún estaba en la cocina. “Ya viene la policía. Por qué no te vas con los otros (por los asaltantes)”, le espetó el comerciante.
  El intruso también escapó. Ya para entonces, los uniformados habían entrado en la vivienda. Los ladrones ya no estaban y los policías salieron tras sus pasos. Según contó Dibenedetto, se sucedieron una ráfaga de balazos. En medio de la balacera, agentes del Comando Radioeléctrico distinguieron a uno de los asaltantes en la terraza de una vivienda de Cafferata al 1600. “Los policías me pìdieron permiso para entrar y subieron a la terraza. Yo escuché muchos tiros y después me enteré que había muerto uno de los ladrones”, contó Cristina, la dueña de casa. El hombre abatido se llamaba Walter Javier Peña y tenía 42 años. Había cumplido no hace mucho una sentencia por robo calificado.