Sábado 02 de Abril de 2022
Paseos en bicicleta, jugar en la vereda y otros detalles de la época llenan “Apollo 10 1/2: Una infancia espacial”, de Richard Linklater, una afectuosa oda a su propia infancia en las afueras de Houston, Texas, a finales de la década del 60. La Nasa y la misión a la luna están a la vuelta de la esquina, al igual que otras maravillas científicas. Pero la sensación de asombro que impregna a “Apollo 10 1/2” se siente con la misma fuerza en las calles del barrio, donde los niños deambulan con las rodillas raspadas.
El tiempo fluye en las películas de Linklater. Su paso marcó el ritmo de “Boyhood: Momentos de una vida” y se zambulló en la trilogía “Antes del amanecer”. Se sumergió en los 70 en “Dazed and Confused” (Rebeldes y confundidos) y en los 80 en “Everybody Wants Some!!” (Todos queremos algo), y realizó películas durante el tiempo suficiente como para que se las asocie con los años 90.
“Nunca es demasiado tarde para mirar atrás a otra época y decir, «guau, ¿cómo llegamos de ahí hasta acá?»”, dijo Linklater por Zoom desde su casa en las afueras de Austin, Texas. “Esa es nuestra relación, no? Es nuestro yo presente y nuestro yo pasado, y los mundos pasados en los que vivimos”.
“Apollo 10 1/2”, que se acaba de estrenar en Netflix, marca la tercera película animada de Linklater después de “Waking Life” (Despertando a la vida) y “A Scanner Darkly” (Una mirada a la oscuridad). Y mientras que las películas del guionista y director de 61 años siempre se han movido con su propio ritmo pausado y filosófico, “Apollo 10 1/2”, en especial, irradia una brillante nostalgia por la infancia en los días felices de la era espacial y, como describe su narrador (Jack Black), “el apogeo de la era de las bromas telefónicas”.
“Quería volver a esa época y contar cómo era en ese momento”, dice Linklater. “Caemos en mitos de héroes y grandes historias. Corrígeme si me equivoco, pero ¿cuándo fue la última vez que el mundo se centró y se unió en torno a un logro humano?”. El director habló con The Associated Press de sus películas y de la nostalgia.
—Cuando hizo “Dazed and Confused”, de 1993, los años 70 no estaban tan lejos. Ahora son hace cinco décadas. ¿Cuánto tiempo atrás le parecen a usted?
—Cuando estaba haciendo “Dazed...”, honestamente se sentía más lejos. Sí, es mucho tiempo, pero no se siente tanto para mí. Lo recordaba todo muy bien. Si tengo un don innato en el mundo, probablemente sea una memoria muy exacta de las personas, los detalles y las conversaciones.
—¿Qué le hizo querer escribir esta película? ¿Hacer “Boyhood” incitó algo?
—Me di cuenta al revisar sistemáticamente la época a la que me llevó “Boyhood”: “Espera, ese fue un momento bastante interesante para haber estado vivo, para ser un niño”. Creo que esa época sólo se hace más grande con el tiempo. En ese momento, lo das por sentado. “Oh, sí, esto va a ser así para siempre”. Uno extrapola el éxito y nos sitúa en Marte a finales de siglo. Al no suceder eso, hace que ese tiempo sea aún más grande. La idea para la película me llegó como: qué momento tan interesante para ser niño. La maravilla de eso se encuentra con la maravilla de ser un niño.
—“Licorice Pizza”, de Paul Thomas Anderson, ambientada en los años 70, fue motivada en parte por capturar una época en la que la sensación de misterio era más omnipresente. Parece que esas décadas previas a Internet son cada vez más atractivas.
—Hay un pequeño gen de nostalgia en todos nosotros. Ni siquiera creo que nostalgia sea la palabra adecuada. Es una especie de curiosidad cultural. ¿Cómo era estar vivo entonces? A los niños les fascina la historia antigua. Luego te hacés un poco mayor y tu historia inmediata se vuelve realmente relevante una vez que crecen tus propios intereses. No confío en nadie que no esté interesado en la historia. Es fácil ser nostálgico por una época en la que no sabías mucho, y eso es lo que definitivamente encaja. Antes de saber realmente cómo funciona el mundo. En “Apollo...” intencionalmente tengo ambas cosas. Un narrador adulto que señala ironías y abusos más desde el punto de vista de la crítica adulta, de una manera bonachona. No podría haberlo abordado de otra manera. Sería un perjuicio para la complejidad de la época meterse demasiado en su cabeza y no tener una crítica más grande. Mucho de eso lo descubrí a lo largo de los años. Me sorprendió descubrir que hubo una reacción violenta sobre los recursos que se gastaron (para el Apollo 11), un debate legítimo que una sociedad siempre ha tenido.
—En lo personal, ¿lucha contra la nostalgia o la abraza?
—He podido hacer algunas piezas de época que creo que son, por definición, nostálgicas, incluso si es una época en la que no vivías. Mencionaste “Licorice Pizza”. Paul (Thomas Anderson) tenía qué, 2 ó 3 años cuando eso sucede? ¿Dónde encaja eso en lo de la nostalgia? Es una época que probablemente no recuerda, pero sabe que es culturalmente interesante, por lo que elige ese año con cuidado. Elegí 1937 (para “Me and Orson Welles”). Eso es nostálgico, pero ¿para qué? Estamos antes de la guerra, hay mucha miseria en el horizonte. Pero el arte siempre está en el aire. La nostalgia es un arma de doble filo. Creo que podés mirar el pasado siempre que lo hagas con honestidad, sin lentes color de rosa. Siempre es peligroso decir: “Ese fue un mejor momento para todos”, lo que, por supuesto, nunca es cierto. Por mucho que amo el programa Apollo, te rompe el corazón mirarlo y decir: “Eso también era parte de una cultura muy excluyente”. ¿Dónde están las mujeres astronautas? ¿Dónde hay alguien de color? Estaban trabajando detrás de escena. Volver a cualquier época es tenso.
—Aún así, su película es ante todo una celebración de una forma de vida más despreocupada que ahora parece obsoleta.
—Mi padre siempre me cuenta: “Simplemente te dejábamos salir por la mañana a jugar”. Si un padre necesitaba a su hijo, simplemente asomaba la cabeza por la puerta y decía: “Tommy, volvé a casa”. El mundo se le vino encima a todos. Todo el mundo vive asustado. “Hubo un secuestro de niños hoy en St. Louis”. Así que eso es todo, no más juegos de niños sin supervisión. Podrían entregar (a la policía) a un padre que dejó que su hijo saliera a una cuadra. Hay algo bueno en eso de jugar afuera que creo que podría volver si los barrios se unieran y dijeran: “Escuchen, todos vamos a hacer esto y será genial y no pasará nada malo”. Vamos. ¿Cuáles son las probabilidades?