Reflexiones

Retrato borgeano de Borges

La evocación de un escritor crucial

Lunes 21 de Junio de 2021

Se cumplen ya 35 años de la muerte de Jorge Luis Borges, e intentaremos recordarlo, presentarlo como a él le hubiera gustado, en pocas pinceladas precisas, esenciales, a la manera impresionista, en un ensayo breve como los suyos. Agregar datos superfluos sería diluir este concentrado, alejarnos de él. Vaya pues, este ensayo borgeano sobre Borges.

Hablar de Borges es hablar de un hombre de letras, tácitamente inducido a tal fin desde niño por mandato familiar. Como todo mandato de esta naturaleza, los resultados pueden ser felices o no. En este caso fue las dos cosas. Fue feliz entre libros y alcanzó la gloria literaria pero, infelizmente, fue un hombre desdichado, carente de otras felicidades comunes a los hombres: “He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz… Nunca me abandona. Siempre está a mi lado / La sombra de haber sido un desdichado” (“El remordimiento”).

Es creencia de algunos que Borges es un autor frío, solo de ideas, alejado de todo sentimiento. No comparto ese extraño dictamen; los que llevamos décadas releyéndolo, comprobamos a cada paso los numerosos amores de Borges en toda su obra: su amor por la Patria, por Buenos Aires, por el Sur, por sus mayores, por Adrogué, por Ginebra, por los libros, por tantos autores, y hasta por Las Cosas más elementales: el bastón, las monedas, el llavero. Y amó lo épico, el coraje de orilleros y personajes de Conrad. Lo que nunca fue es sensiblero; pese a coincidir con George Moore en que “ser sensiblero es tener éxito”.

Luego, hablar de Borges es hablar de un poeta donde los sentimientos y las ideas se funden en metáforas; un poeta que sentía hondo las ideas, un poeta con algunas páginas inmortales de versos logrados, “ya que pretender un libro entero logrado, es demasiada pretensión” (a Soler Serrano en TVE). Aunque las páginas logradas y las malogradas siempre para Borges dependen del juicio de cada lector, de las simpatías y diferencias de cada lector. Así lo entendió él en su defensa de la lectura hedónica, la lectura por placer. Él, como todos, tuvo sus propios amores literarios, pero nunca creyó en las “lecturas obligatorias” de autores o textos. Creía que hablar de lectura obligatoria era como hablar de placer obligatorio, algo imposible, pues no creía que los libros explican el mundo, sino que éstos solo son “una cosa más, agregada al mundo” (“Una rosa amarilla”). Diestro y gozador del lenguaje, brindó por él, pero era consciente de los límites del mismo: “Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría”, dejó escrito en “El otro poema de los dones”. Para Borges, como para Chesterton o Arlt, el lenguaje no era un instrumento lógico, científico, como para Quevedo o Shakespeare, sino “una creación artística, muy anterior a la ciencia” (“Siete noches”). Criado bilingüe, desde la prosa anglosajona Borges revolucionó nuestra lengua, legándonos una prosa hispana nueva, creativa y siempre asombrosa.

Es común mencionar a Borges como “el autor de «El Aleph»”. Como cuento fantástico mi preferencia es por “Funes, el memorioso”, pieza valorizada hoy por la neurociencia. Pero tengo para mí que, en realidad, Borges quería ser el Kipling de los cuentos realistas, y coronó esa ambición con un gran relato orillero, “La intrusa”, que él juzgó muchas veces como su mejor cuento. Estos relatos también son un logro con vocación de inmortalidad.

Como amante de los libros, como lector minucioso en varios idiomas, como huésped de todas las bibliotecas, Borges brilló por sobre todo en el ensayo breve y creativo. Y brilló también como ensayista oral, en sus conferencias, diálogos, clases, conversaciones. Como maestro oral, como Diderot, como el doctor Johnson, como Heine, como Alberto Gerchunoff, Borges hablaba como escribía, con precisión literaria. Más orgulloso de sus lecturas que de sus escritos, declaró: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir, yo me jacto de los libros que me ha sido dado leer”. Repitió esto muchas veces, sin falsa modestia; de ahí, su docta preeminencia como ensayista oral y escrito. Sus ensayos escritos, sus clases y enseñanzas orales en diálogos grabados o impresos, han sido, son y serán una fuente de placer y sabiduría, una guía invaluable para muchos lectores y escritores, incluso de novelas, género extenso que él, cultor de brevedades, nunca practicó. Así pues, podemos afirmar, sin duda, que Borges fue el gran maestro de nuestro tiempo, el Montaigne del siglo XX, del presente y del porvenir.

Algo no menor, como todo inteligente, Borges cultivó el humor. Con fina ironía, y hasta con sarcasmo. Dada su preferencia por Manuel Machado, antes que por el hermano de éste, Antonio, interrogado en España sobre este último, contestó: “Ah, no sabía que Manuel tenía un hermano que escribía”. Sobre la teología y la filosofía, dijo que incursionaba en ellas por placer, “porque son las ramas más audaces de la literatura fantástica”. Podemos abundar en infinitos ejemplos de su excelso humor, pero mejor será que los descubra y disfrute el lector, en sus diálogos acecha siempre el humor.

Existe la idea de que Borges es un autor difícil. Tiene textos que son complejos, y textos que son muy claros, cristalinos. Es difícil no encontrar en Borges algo para todos. Y es difícil encontrar alguien interesado en todo Borges, pues escribió también milongas, de cine, del budismo, la cábala, la ceguera, los sueños y pesadillas. He citado dos cuentos suyos, y también “Siete noches”, su testamento literario; cualquiera puede empezar por ahí.

En los Estados Unidos de América, toda habitación de hotel tiene un ejemplar de la Biblia en la mesita de luz. En el mundo, los devotos borgeanos tienen en su mesita de luz su propia Biblia, un par de volúmenes de este maestro y amigo, que abren al azar para releer, en los minutos previos al sueño, antes de apagar la luz.

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