Domingo 11 de Julio de 2010
Toda persona que logró llegar a la vejez merece vivir dignamente. Saborear las mieles de una jubilación que le permita sobrellevar los últimos años de su vida sin apremios no es una concesión otorgada por el gobernante, sino un estricto acto de justicia. Cuando el poder maltrata a los jubilados se transforma en una fuerza bruta que se maneja arbitrariamente. La sociedad que tolera con su silencio cómplice el atropello a los jubilados pierde su decoro, su orgullo, su dignidad. Sociedad que no respeta a sus viejos deja de ser una sociedad decente. La Argentina, lamentablemente, es una sociedad que no respeta a sus viejos. Quienes tienen el privilegio de contar con una madre o un padre, una abuela o un abuelo que cobran la jubilación mínima son testigos de la humillación que sufren cada vez que se dirigen al banco para recibir esas migajas. Hubo momentos en que el gobierno de turno, asfixiado por una situación económica gravísima, no titubeó en ultrajar el honor de quienes deberían ser tratados con dulzura, decoro y, fundamentalmente, con mucho amor. En 2001 la economía marchaba a los tumbos. La fuga de capitales era incontrolable y Estados Unidos había dejado de confiar en el gobierno de la Alianza. Fernando de la Rúa y el primer ministro Domingo Cavallo estaban desconcertados, desorientados, angustiados. La economía amenazaba con irse a pique como el Titanic. Cuando parecía que todo estallaría por los aires el binomio mencionado decidió que lo mejor para el país era aplicar un ajuste a las jubilaciones. Sí, a las jubilaciones. Al gobierno de la Alianza no le interesó la desesperación que esa medida provocó a nuestros viejos, ya que lo único que importaba era atacar el déficit presupuestario. Para congraciarse con el establishment financiero no titubeó en atacar con dureza al sector más desprotegido. Pocas veces hubo en nuestra historia semejante acto de barbarie y cobardía. Pocas veces hubo en nuestra historia semejante falta de respeto por quienes trabajaron ardua y honestamente toda su vida para gozar de una vejez placentera. El gobierno de la Alianza no dudó en utilizar a las jubilaciones como variable de ajuste para salvar a los bancos. Algo verdaderamente criminal, canallesco, infame. Pero De la Rúa y Cavallo tenían preparado algo más espantoso: la confiscación del dinero depositado en los bancos pertenecientes a miles de pequeños ahorristas, entre ellos numerosos jubilados. Pensar que los nostálgicos de ese gobierno atroz pretenden ahora obligar a Cristina a incrementar la jubilación mínima.
Hernán Andrés Kruse
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