Domingo 06 de Noviembre de 2011
El día 2 de noviembre recibí un insólito llamado telefónico. Una joven empleada de un banco con sede central en la ciudad de Buenos Aires y sucursales en Rosario, con un discurso robótico pretendía convencerme de la conveniencia de "asegurarme" contra la delincuencia. Ofrecía un seguro por el "posible asalto" que pudiera ocurrirme a cien metros a la redonda de la sucursal bancaria en la que poseo mi cuenta personal. Le pregunté si el banco había llegado a la conclusión de que los robos no eran una "sensación", a lo que me respondió (sonriente, ¡qué extraño!) que era una triste realidad de la cual yo debía protegerme. No satisfecha con ello ofreció otro seguro por los accidentes en la vía pública que pudieran terminar con mi vida. Concluí la conversación con el triste convencimiento de que los asaltos, robos, accidentes, son una desgracia para los ciudadanos, y además sirven para dejar pingües ganancias no sólo a los herreros, sino también a las compañías aseguradoras.