Miércoles 09 de Enero de 2013
Una vez pasada la fiebre de las compras motivada por las fiestas de Navidad, de Año Nuevo y de Reyes, es bueno reflexionar acerca de la importancia que tiene algo fundamental para la vida de todo ser humano y de toda sociedad: la educación. No hay mejor regalo (ni más económico) para ofrecer a nuestros hijos y para compartir con nuestros semejantes, que las muestras constantes de afecto y de buena educación. Para ello, voy retransmitir lo que, entre otras cosas, dijo José Ingenieros respecto a Domingo Faustino Sarmiento, el gran maestro argentino, espejo en el cual debemos mirarnos persistentemente no sólo los maestros, sino todos los argentinos. Dijo Ingenieros: “Sarmiento tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para cohibir su inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta-bandera de sus propios ideales, siguió las rutas por donde le guiara el destino, previendo que la gloria se incuba en auroras fecundadas por los sueños de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando urge construir o transmutar, fórmase el clima del genio; su hora suena como fatídica invitación a llenar una página de luz. El hombre extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera a una predestinación irrevocable”.
Daniel E. Chávez