Realidad matrimonial
Recorriendo un poco la "historia de las familias" en una apretada síntesis, quiero sumar mis reflexiones con respecto a la aprobación del matrimonio gay. El tema no es sencillo para nadie.

Lunes 19 de Julio de 2010

Recorriendo un poco la "historia de las familias" en una apretada síntesis, quiero sumar mis reflexiones con respecto a la aprobación del matrimonio gay. El tema no es sencillo para nadie. Las controversias son múltiples. Recabando comportamientos sociales de diferentes generaciones, arribo a algunas conclusiones. Durante el siglo XVIII, XIX, y mitad del XX, la mayoría de las personas se casaban y permanecían en ese estado hasta que uno de los cónyuges fallecía. El muy romántico "hasta que la muerte los separe". Finalizada la boda, de cara a la realidad, los cónyuges transitaban sus vidas juntos. Felices o no, convivían. Fieles o no, la familia estaba primero. Si el amor se terminaba, a casi nadie se le ocurría pensar en la posibilidad de un divorcio. Bendecida la unión matrimonial en el rito religioso que fuera, o en ninguno, en el caso de las personas no religiosas, el matrimonio era para siempre. Hasta que se puso de moda el divorcio, principalmente entre los actores de cine famosos. Luego comenzó a copiarse esa actitud (verdadera revolución social) entre la gente común. Y fue así como se legislaron nuevas leyes para que los otrora contrayentes pudieran volver a casarse. Encontraron la forma para que el matrimonio, civil y de ser posible religioso, siguiera siendo el pilar de la sociedad. Y pulularon los divorcios en la Argentina y la conformación de nuevas familias donde los hijos comenzaron a mezclarse. Los míos, los tuyos, los nuestros. Aparecieron expresiones nuevas de uso cotidiano: "cuota alimentaria", "régimen de visitas" "separación de bienes". Tu casa, la mía, mi auto, el tuyo, mi ex suegra, mi ex cuñado, mi ex sobrino. Los abuelos observaron espantados a "esta juventud innovadora", y en general, desaprobaron. A ellos jamás se les hubiera ocurrido, ( lástima, quizás hubiera sido oportuno, pensaron algunos). El tema es que hoy en pleno siglo XXI, nosotros, los hijos del XX, también observamos "el cambio". Nuestros jóvenes, y los no tanto, viven "en pareja", comparten la misma casa, tienen hijos o los adoptan, estudian, trabajan, conforman una familia "sin papeles" con la misma dignidad con que lo hicimos aquellos que alguna vez resolvimos firmar ante un juez. ¿Qué ha sucedido para que las personas titubeen ante la concreción del contrato matrimonial? El "matrimonio, como institución ¿los intimida? ¿Por qué lo obvian? ¿Es un desafío? ¿Necesitan demostrar que simplemente están juntos porque se aman? ¿Pretenden enseñarnos que para conformar una familia digna, educar los hijos y ser fieles al amor, no se necesita un compromiso escrito? ¿O quizás ante la observación del deterioro emocional y económico que conlleva un divorcio, se asustaron? Porque convengamos, cada vez concurrimos a menos bodas. Desconozco las estadísticas, pero no tengo disminuido mi poder de observación. Por lo que arribo a la conclusión que lo que está en crisis es la "institución matrimonial", y no precisamente la unión entre seres de sentimientos o personalidades diferentes, ya que está a la vista que cada uno vive con quien quiere, hoy en pleno siglo XXI y con total naturalidad. Y que las personas respondemos a nuestras responsabilidades de acuerdo a nuestros principios, y no siempre a obligaciones escritas, porque también se puede aprender a trampearlas. Me queda la sensación de que estamos sin poder encontrar el lugar exacto del verdadero ojo de la tormenta.

Edith Michelotti

edieluobs@hotmail.com