Jueves 20 de Diciembre de 2012
A través de su "contrato social" Rousseau denunció nuestra necesidad antropológica de conjugarnos en masa, y derivar el gobierno, la tutela y la supervivencia de la inasible comunidad en aquellos que gozaren de aptitud representativa y un concepto un tanto más elevado de la media. Este ejercicio, anterior incluso al bautismo de los continentes, ha dado un resultado inescrutable, máxime debido a que hasta la época no se ha logrado concebir siquiera una alternativa viable a esta suerte de dialéctica del amo y el esclavo. Ahora bien, ¿quién habrá de regir a los regios en sus guerras intestinas? Resulta saludable que en todo país democrático exista una multiplicidad de gobiernos. Desde los populares a los solapados, pasando por los históricos y los transitorios, los hay de todos los colores. Una marcha multitudinaria se constituye fugazmente en gobierno de muchos. La opinión pública gobierna. Aquel que sale de las urnas gobierna. Un multimedio sin dudas que gobierna. Así es que hay unos con un gran poder, leviatánicas criaturas sin orillas que se expanden para bien y para mal; y otros con estructura de reptil que serpentean silenciosos entre los poderes y los despachos, denunciando y tironeando, callando y concediendo. Ninguno de ellos es el Estado, claro está. Nuestro Estado está en guerra, declarada sin trompetas. Aquella avizorada guerra virtual, moderna e invisible, sin cañones ni cuarteles, se ha instalado como moho en los cimientos, y nadie ha hecho sonar la alarma. Es una guerra entre gobiernos, entre masas conspicuas que discuten a gritos desde una ventana a la otra donde termina su jardín y donde comienza el del vecino, controversia que poco nos importa a las hormigas que lo cruzamos a diario. La creciente batalla librada en pos de la regulación de medios audiovisuales ha dejado en evidencia la absoluta ingobernabilidad de aquellos que nos gobiernan, sean corporaciones públicas o privadas. Desde hace más de un año tejen y destejen caprichosos argumentos para fagocitarnos, para incluirnos en sus filas y taparnos el sol con su estandarte. Pero no se interesan por lo que nos interesa, no alivianan nuestras miserias. Para ellos somos palo y escudo. Y nada más. Ambos acuden a una justicia a la que no se someten ni se someterán nunca, con la intención de cuidar las formas, de ocultar la imposición, de no echar a perder el botín en el fragor de la batalla. Nunca son buenas las intenciones huérfanas de espíritu. Y en el entretanto se pierden vidas, se hambrean pueblos, se desoye y se posterga a los gobernados. ¿Acaso este escenario es tan impropio de una guerra? ¿Se podrá entonces hacer sonar la alarma? Alguno me dirá que espere mi turno, que hoy no me toca, que las urnas han hablado. Otro me dirá que ceder ahora es ceder para siempre, que hay que frenar al invasor, que hay que hacerle frente a los que vienen por todo. Yo habré de concederles razón a ambos, y tal vez mi aporte se consuma en advertirles que a lo largo de la historia, entre gallos y medianoche, se han librado guerras entre pueblos que ya no existen.
Guillermo Ríos
DNI 30.026.440