Viernes 21 de Mayo de 2010
"Alto, eminente; persona constituida en alta dignidad". Es esta la definición más adecuada, según los diccionarios de la palabra prócer. Hasta aquí, sin problemas. Sin embargo, esta definición nos plantea otro interrogante difícil: ¿qué es la dignidad? Ser digno significa ser merecedor de algo. Pero, ¿es esto suficiente? Todos somos merecedores de algo por lo que somos, por lo que hacemos, por nuestra condición de personas. No obstante, esto no nos convierte en próceres. ¿Será entonces que la diferencia está en ser eminente? Ser prócer requiere ser digno pero también exige honrar esa dignidad con empeño, constancia, determinación. Y no sólo eso, supone entrega, valor, coraje. Y aún más, integridad moral, entereza, honradez. Ser prócer implica honor. Y seguramente cuando combinamos todas estas cualidades resulta inevitable invocar en nuestra mente la figura del libertador de América o del creador de la Bandera, que tanto han hecho por nuestro pueblo. Sin embargo, al mirar a nuestro alrededor no vemos San Martines, ni Belgranos. ¿Será que se extinguieron? ¿O será que acaso se les ha negado el reconocimiento que merecen, se les ha arrebatado la dignidad? ¿Existe hoy acaso mayor empeño, constancia o determinación que el de las madres argentinas que concurren día tras día a los comedores infantiles asumiendo el desafío de alimentar a nuestros niños? ¿Existe hoy acaso mayor entrega, valor o coraje que el de los maestros argentinos que incansablemente enfrentan en las zonas rurales _y no tanto_ las adversidades geográficas, climáticas y económicas en la hazaña de educar? ¿O será que acaso existe mayor integridad moral, entrega y honradez que la que demuestran los médicos y enfermeras de los hospitales públicos salvando vidas incesantemente a pesar de la escasez de recursos, realizando verdaderas proezas científicas y humanas? Finalmente, ¿existe acaso mayor honor que el que tuvieron los soldados argentinos en Malvinas para defender estas tierras y que tienen hoy para tolerar pacíficamente la indiferencia, la marginación y la tortura del recuerdo? Indudablemente San Martín y Belgrano han hecho mucho por nuestro pueblo. Hoy por fortuna, nuestro país ya no necesita de espadas y caballos, es un país libre y soberano. Sin embargo, nuestro país necesita redignificarse. Hoy la Argentina precisa que tomemos el ejemplo de esos hombres y mujeres anónimos que entregan lo mejor de sí en cada lugar donde les toca desempeñarse. Sin saberlo, ellos se han convertido en los próceres de nuestro tiempo.
Romina Barrionuevo gabydellavedova@hotmail.com