Miércoles 27 de Agosto de 2014
La semana pasada cuando escuche al papá de Mariano Bertini entendí qué quiso decir con sus palabras ante las preguntas desubicadas, infantiles y sin piedad, ya que no pensaban la dimensión del dolor que causaban algunos periodistas, y este papá contestó que sólo respondería a preguntas que esten hechas con el corazón. Si nunca tuviste una pérdida como la de él, la de Blumberg, la de María Soledad Morales, entre tantas otras, nunca entenderás el dolor. Cuando los integrantes de mi familia, por una u otra razon, fueron muriendo yo no podía entenderlo, me dolía, no supe cómo manejarme ante esa pérdida, pero con una diferencia, que lo mío tenía una explicación: era la muerte natural, por enfermedad. Y digo que no supe cómo manejarme con ese dolor, con ese vacío que dejaron sus muertes, que no supe cómo podía llenar “el hueco de la ausencia sin retorno” y empecé a enfermar de tristeza, comencé a cambiar actitudes, retraerme era mi alivio, el de estar sola sin nada ni nadie a mi alrededor, que no me vieran llorar o reír ante un recuerdo de aquellos que ya no estaban. Y dejé de reír, tener sueños, ilusiones, proyectos porque había quedado sola. Hoy al escuchar a algunos periodistas preguntar sin razones preguntas que no estaban a la altura de semejante dolor, y escuchar el mensaje de Enrique Bertini, me di cuenta de que para él sería más difícil su rehabilitación ante la pérdida porque si bien yo entendí las mías por ser algo natural me pregunté: ¿cómo podría hacer él ante una muerte de un hijo y en esa forma tan cruel y más aún ante sus ojos, verlo morir sin poder hacer nada. Cómo le va a costar llenar ese hueco, ese vacío, dejar de llorar, de pensar, de tener que aceptar esa muerte tan injusta pero real.
Martha Chimento