Primero el bien común
Imaginemos un bote salvavidas con capacidad para diez personas que se encuentra en alta mar después de un naufragio, habiendo embarcado a todas las personas que puede recibir, rodeado de un montón de gente que pide ayuda desde el agua. ¿Debe cargarlas, sabiéndose que la embarcación se va a hundir y se van a ahogar todos?

Martes 02 de Diciembre de 2008

Imaginemos un bote salvavidas con capacidad para diez personas que se encuentra en alta mar después de un naufragio, habiendo embarcado a todas las personas que puede recibir, rodeado de un montón de gente que pide ayuda desde el agua. ¿Debe cargarlas, sabiéndose que la embarcación se va a hundir y se van a ahogar todos? Pensemos en otro caso, de un balcón de un piso alto, colmado de gente que quiere ver algo que ocurre abajo. Hay otros detrás que también desean mirar y empujan para hacerse lugar, con el peligro de que el exceso de peso derrumbe el balcón, cosa que en verdad ocurre, con el resultado de varios muertos y heridos. Si en vez de bote y balcón el caso es el de la ciudad de Rosario, que tiene una capacidad limitada para proveer electricidad y agua a sus habitantes, ¿tiene sentido la construcción sin límite de nuevas viviendas que multiplican muchas veces la demanda de esos servicios en superficies limitadas? ¿Alguien sabe a qué ritmo tendría que aumentar la oferta de energía eléctrica y agua potable para satisfacer una demanda que crece mucho y de golpe en esas áreas donde los edificios nuevos han crecido como hongos? ¿Hay que esperar que el "sistema" explote, como ha pasado con la "timba financiera internacional", para ver cómo se salva a los poderosos a costa de los más débiles? Si ya estamos así, ¿qué nos espera en pleno verano, o dentro de un año, cinco o diez? La libertad sin límites es peligrosa, y puede costar muchos botes y balcones "simbólicos" que se hundirán si no se defiende en primer lugar el "bien común".

Héctor Bonaparte, DNI 6.205.548