Predicar con el ejemplo (II)
La reciente partida de este mundo de los padres misioneros del Inmaculado Corazón de María, Miguel Bonino y Florentín Brusa, en vísperas de la llegada del Año Nuevo, me mueve a hacer algo que no es de...

Martes 12 de Enero de 2016

La reciente partida de este mundo de los padres misioneros del Inmaculado Corazón de María, Miguel Bonino y Florentín Brusa, en vísperas de la llegada del Año Nuevo, me mueve a hacer algo que no es de mi agrado: responder a la opinión de otro lector. Silvia Buonamico, en su carta titulada "Predicar con el ejemplo", publicada el 2 de enero en La Capital, cita al periodista Luis Novaresio -con quien concuerda plenamente-, como una persona razonable y filosófica afectada en su fe por intermediarios de la Iglesia Católica hasta el punto de volverse agnóstico. Y critica duro a la institución católica, sugiriendo que la misma existe porque se ocultan hechos aberrantes de su historia, a su criterio marcada por la falta de transparencia, de los cuales da fe con documentales que no cita, de una película, y del resultado del trabajo de un equipo de periodistas del Boston Globe en casos de pederastia. Si bien no niego que dichos hechos hayan sucedido, sucedan o puedan suceder (el mismo papa Francisco no los niega y los condena), es conveniente aclarar que las innumerables cosas buenas que hicieron la mayoría de los ministros de la Iglesia en el curso de la historia, son muchas más que las malas que cometieron unos cuantos. Y expresan la seriedad, la responsabilidad y el amor con que en la Iglesia Católica se hacen las cosas. Sin ir muy lejos, acérquese la lectora a la comunidad claretiana de Rosario y pregunte sobre la vida y obra de los citados sacerdotes Brusa y Bonino. Y hable si quiere, personalmente, con el casi centenario padre Andrés Petrich, si aún está lúcido para atenderla; o con el padre Raúl Mehring; e intuya las culpas que halla en ellos. O, sin salir de su casa, contáctese por facebook con monseñor Juan José Chaparro, o con los padres Javier Fernández, Panchi San Martín o Jorge Alonso Clavijo, e inquiera entre sus conocidos de quién se trata el hombre con el que se está vinculando. O acuda en Rosario o en Villa Ocampo, a los vecinos de los hermanos Fernando Kuhn y Mario Massín, orientadores juveniles, hijos adoptivos de la gran familia claretiana, y usando su perspicacia, investigue qué pasa por la cabeza de ellos y qué es lo que contienen sus fojas de servicios. Y si en estas contadas personas no halla virtud generosa, ruego a la lectora, me lo haga saber, para que yo también renuncie a mi fe. No sé si ella cree en la existencia de un Dios, yo sí. Y es ese Dios, justamente, el que me mueve a estar esta tarde calurosa ante la computadora, respondiéndole. Creo en un Dios padre, hijo y espíritu santo, que le da vida a su Iglesia y la sostiene. Una Iglesia que por ser institución suya, es santa. Y por estar integrada por hombres, es también pecadora.

Daniel E. Chávez