Poder y corrupción
Hobbes desconfiaba del hombre. Estaba convencido de que, para sobrevivir, es capaz de hacer cualquier cosa. El hombre, sentenció el ideólogo de la monarquía absoluta, es un lobo para su semejante.

Domingo 21 de Diciembre de 2008

Hobbes desconfiaba del hombre. Estaba convencido de que, para sobrevivir, es capaz de hacer cualquier cosa. El hombre, sentenció el ideólogo de la monarquía absoluta, es un lobo para su semejante. Codicioso y competitivo ve en los demás a enemigos que debe destruir, obstáculos que debe sortear para continuar su marcha. El poder es lo que da sentido a la existencia humana. En consecuencia, obtenerlo y, a posteriori, conservarlo todo lo que se pueda es la misión suprema del hombre hobbesiano. El ejercicio del poder implica la imposición de la voluntad de una élite sobre el resto. Como hay otras élites esperando el momento oportuno para acceder al puesto de mando, la élite que detenta el poder hace lo imposible por evitar caer en desgracia. La corrupción, por ende, hace a la esencia del poder. Toda élite, en mayor o en menor medida, se vale de la corrupción para mantener (y si puede, incrementarla) el poder. El 17 de diciembre la prensa informó sobre la acusación de los Estados Unidos al ex presidente Carlos Menem y a dos de sus máximos colaboradores, Carlos Corach y Hugo Franco, de recibir sobornos de la multinacional alemana Siemens para obtener el contrato que la habilitaba para confeccionar los pasaportes y los documentos de identidad. Un ejemplo por demás elocuente que corrobora el estrecho vínculo entre el poder y la corrupción. El ejercicio del mando inexorablemente es portador del virus de la corrupción. Es por ello que quien promete un gobierno libre de corrupción miente descaradamente. La política no contaminada, la virtud republicana en su máxima pureza, sólo pueden ser ejecutadas por ángeles. En consecuencia, a lo máximo a lo que podemos aspirar es a la existencia de una Justicia independiente que castigue a quienes, desde la cima del poder, institucionalizan la política del latrocinio. A lo máximo a lo que podemos aspirar es, en suma, a que las élites sean conscientes de que hay otro poder que las controla, de que hay alguien dispuesto a juzgarlas si gobiernan al margen de la ley.

Hernán Andrés Kruse

hkruse@fibertel.com.ar