Martes 21 de Septiembre de 2010
El miércoles 15 de septiembre pasado cerca de las 10 de mañana, cuatro chicos, el mayor de unos 10 años y el menor de unos 3, revolvían la basura de un cesto en la Peatonal San Martín al 1100. Sucios, harapientos, famélicos y mostrando al mundo en la miseria en que viven. Le pregunté al más grande si estaban solos y me dijo: “Sí, maestro”. Mientras intentaba encender un cigarrillo que recogió del suelo, le pedí que lo tire, y me hizo caso. La gente al verlos miraba para otro lado. Me pidieron una moneda y se fueron pateando cosas, pegándose “mal” entre ellos y observé lo más triste: a nadie le importa nada de esos chicos que estaban alucinados por el pegamento. Nenes y nenas sin infancia, sin amor, sin cariño, sin porvenir y con los ojos de adultos sufridos. Niños sin contención, desamparados, criados en la más absoluta pobreza. Y pensé que hay mucha gente que ayuda, pero al parecer nada alcanza para terminar con este flagelo que avanza segundo a segundo. La magnitud del problema es hoy tan grande que será imposible parar esta problemática que expulsa a miles de niños a las calles que hoy son indeseables pichones de futuros delincuentes. ¿Se puede ser feliz en este contexto?, me pregunté. La respuesta para los que tenemos sangre en las venas es "no". Cada vez son más los chicos que piden algo a quienes están disfrutando de un café o una pizza en los bares. ¿Hasta cuándo funcionarios, diputados, concejales y la mayoría de los ciudadanos seguirán haciéndose los distraídos? Es mucho más importante ver la felicidad de un solo chico que emprender obras faraónicas como el tren bala o el Puerto de la Música. Los gobernantes nacionales, provinciales y municipales deben advertir que a partir de esta enfermedad no tratada a tiempo viene al poco tiempo una mucha más grave: la delincuencia juvenil que no repara en matar por unos pocos pesos. La mayoría de los políticos en vez de estar preocupados por la miseria, la desocupación y la inseguridad, gastan su tiempo pergeñando nuevas y osadas estrategias para ascender en sus carreras políticas olvidando que fueron elegidos para lograr el bien común. Un pueblo que no cuida, protege, alimenta y educa a sus niños no tiene ningún futuro como nación.
Daniel Ciúffoli,
DNI. 14.392.756
daniciu@hotmail.com