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Pettinato brilló en su primer stand up en el teatro Broadway

No es necesario rastrear cuándo nació el vínculo de Roberto Pettinato con el humor. Estuvo ahí desde siempre. Incluso en los ya lejanos años 70, Pettinato te podía hacer reír con los comentarios mordaces que hacía en sus...

Martes 28 de Agosto de 2012

No es necesario rastrear cuándo nació el vínculo de Roberto Pettinato con el humor. Estuvo ahí desde siempre. Incluso en los ya lejanos años 70, Pettinato te podía hacer reír con los comentarios mordaces que hacía en sus críticas de rock para "El expreso imaginario". Y después intercalaba bromas cuando presentaba videos en un viejo programa de ATC. Por eso no debería sorprendernos que el otrora conductor de "Duro de domar" —con toda la experiencia acumulada— llegue ahora tan afilado a su primer stand up, "¡Me quiero portar bien!", que se presentó este fin de semana en el teatro Broadway.

Según contó el mismo Pettinato, "¡Me quiero portar bien!" (ya irónico desde el título) es un proyecto que se viene gestando desde hace unos 35 años. Y tal vez sea ese fuerte deseo archivado de hacer humor hecho y derecho —de cara al público y sin intermediarios— lo que hace que el stand up arranque risa tras risa sin descanso. Este es un Pettinato en estado puro, que induce a pensar que los demás (el músico, el periodista, el escritor, el conductor de TV y radio) no son más que brillantes disfraces.

Ahí, arriba del escenario, Pettinato se amplifica. Para él la risa es el último fin, y en el medio todo recurso es válido: la ironía, la burla, el cinismo y la grosería. Puede comenzar hablando del avión que lo trajo a Rosario y de las ridículas exigencias de las aerolíneas y terminar haciendo bromas sobre las escuelas para chicos superdotados. O burlarse de la discriminación y después rematar con la masacre en el estreno de Batman. Da lo mismo. Pettinato navega muy cómodo en un mar de digresiones, y después retoma el monólogo a su propio ritmo, sin pausa pero relajado, nunca forzando la máquina.

Sin el filtro de la televisión, Pettinato también se muestra totalmente zarpado y desfachatado. Y aprovecha sin limitaciones su mirada "desde adentro" del medio. Por eso brilla en su monólogo sobre las entregas de los Martín Fierro, que se pasea por las distintas miserias de la farándula. Ahí aparecen víctimas "elegidas" (desde Mirtha Legrand hasta Guido Kaczca) y personajes que son castigados "al azar" (como Sergio Lapegüe, Cristina de Kirchner o Mauricio Macri). Incluso se mete con temas espinosos como las enfermedades y la muerte, y aún así hace reír, más allá de cualquier prurito.

Pettinato es muy consciente de que el personaje es él. Y lo explota a piacere. Tiene claros referentes (desde Tato Bores hasta Conan O'Brien), pero su camino propio es más fuerte. Si bien interactúa con la gente, no está encima del público todo el tiempo, no abusa de este recurso. El feedback con los espectadores siempre fluye, y se apoya astutamente en la complicidad que genera la risa.

Aunque el espectáculo se sostiene bien durante dos horas, el primer segmento, el claramente más improvisado, se impone sobre el segmento del final, en el cual el guión se centró en una desopilante historia de los milagros bíblicos, interrumpida por explícitas referencias sexuales y certeras alusiones a las drogas. Aún así, cuando no brilla como en la improvisación, Pettinato consigue imprimir su sello con su histrionismo y su lenguaje gestual, que lo revela finalmente como un gran comediante, más allá de su calidad como monologuista.

Apareció el gato

Aunque no era necesario, porque el público estaba completamente absorbido por el monólogo de Pettinato, sobre el final del stand up apareció en pantalla el gato de Verdaguer, con algunos chistes que seguramente en la televisión fueron autocensurados. Como guinda del postre, el conductor también se dio el gusto de tocar el saxo.

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