Martes 28 de Diciembre de 2010
El sábado 11 de diciembre se celebraron en Metropolitano varias graduaciones en simultáneo. A las 5.30 estaba prefijado el horario de finalización y, ni un minuto más ni un minuto menos, se cortó la música. Afuera diluviaba complementado con un viento gélido y teniendo en consideración el horario en pleno Parque Scalabrini Ortiz, sólo nos quedaba rezar para ver aparecer un taxi. Los presentes comenzamos a pedirles pacíficamente a los patovicas (patovicas con todas las letras) del lugar que aguardaran unos momentos más dado que echarnos en esas condiciones, sin siquiera un techo para guarecernos, nos parecía una crueldad. No sólo no accedieron, sino que además, sin necesidad alguna comenzaron a empujarnos prepotentemente hacia la salida, tanto a varones como a mujeres. Me tocó ver como un patovica de unos 50 años empujaba a una amiga con brusquedad, hecho que también percibió otro de los chicos que por pedirle al violento que se calmara, fue agarrado del cuello por éste con toda la intención de golpearlo. Yo fui una de las que tuvo que interponerse para que esto no ocurriese. Esto se repitió con varias personas. Estoy hastiada de la violencia excesiva e innecesaria. No había necesidad de ningún tipo de agresión, no éramos una multitud de borrachos empecinados en seguir con la fiesta, sino simplemente seres humanos que pedíamos tranquilamente si podían aguardar unos momentos más hasta que la lluvia aminorase. Me preocupa que esta gente sea la que se encarga de mantener la calma y orden en este tipo de eventos, y me concierne aún más que esta conducta sea la que enseñan a sus hijos.
Cintia Stival DNI 33.335.917