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Pasión, sin vencedores ni vencidos

Adrenalina y sensaciones de un Coloso que se vistió de fiesta, pero al que le faltaron goles y emociones.

Lunes 25 de Abril de 2016

Cuando las cosas transcurren por los carriles normales, cuánto que vale la pena disfrutar un clásico. No cualquier clásico. El rosarino, por la pasión que encierra, que muchas veces lleva a cometer actos desagradables por parte de grupos que siempre son minúsculos, pero que molestan. No obstante, lo ocurrido ayer en el Coloso del Parque se vivió como fiesta, como viene ocurriendo en los últimos años, justamente por la ausencia de visitantes. Claro, hubiese resultado más atrapante ser testigo del festejo leproso en caso de una victoria o de la celebración canalla en el campo de juego ante un estadio íntegramente hostil y adverso. Pero fue empate. Chato. Con escasas emociones dentro del rectángulo de juego.
  Igual la gente de Newell’s se encargó de poner el color habitual en este tipo de circunstancias. Con una banda de banderas de todo tipo de tamaños. Las más imponentes, las que fueron desplegadas en la popular que da espaldas al hipódromo, luego de esa imponente suelta de papelitos, prematura por cierto, ya que se dio varios segundos antes de que Maxi Rodríguez hiciera su ingreso al campo de juego y detrás de él, el resto. Hasta hubo una organización al mejor estilo europeo en la platea alta, donde cada hincha levantó el cartón que estaba en cada butaca, la mayoría rojos y negros, a los que se sumaron algunos blancos, que formaron el contorno del escudo leproso. En el medio tres enormes banderas con la N, la O y la B en el corazón de esa figura que ya tenía figura de corazón. Un escudo enorme.
  Cuánta adrenalina se pierde sin la presencia de visitantes. Eso también atenta contra el espíritu de lo que es el clásico. Cualquier clásico. Por eso los estadios en estos partidos rugen con cada situación del equipo local. La primera avalancha fue con la corrida de Boyé que terminó con una definición defectuosa del delantero o, quizá, con la muy buena intervención de Sosa, a los 39’ del primer tiempo.
  “Qué mala suerte tenemos”, se lamentaron decenas de plateístas cuando la Fiera Rodríguez encontró en las manos de Sebastián Sosa el freno a lo que era un grito de gol casi asegurado. Qué decir de lo ocurrió cuando Nacho Scocco se demoró una eternidad en rematar y Víctor Salazar apareció como una tromba para frenar su intento de meter lo que hubiese sido un golpe de nocaut, cuando el partido casi se moría. “No puede ser, como podemos errar ese gol”, coincidieron varios mientras se tiraban de los pelos.
  Así, no hubo felicidad en casa para romper una racha adversa ni batacazo en rodeo ajeno para mantenerse en la pelea por el título. Además del reconocimiento por la entrega y la mejor cara teniendo en cuenta los varios derby anteriores, apenas la sensación de satisfacción por parte de los simpatizantes rojinegros por el hecho de que Central haya quedado un poco más lejos en la pelea, cristalizado en ese “borombombón, borombombón, el que no salta no es campeón”. cuando un nuevo empate había pasado a formar parte de la historia.

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