Domingo 05 de Abril de 2009
En dos cartas publicadas en la semana que pasó había buenas noticias. Rescataban la actitud de dos personas que habían sido honestas. Esto, que debería ser normal, ha pasado a ser una excepción. Pero bienvenidas esas noticias. Se me ocurrió que, si todos comentamos, lo bueno que vemos cada día, en vez de llenarnos de tristeza y angustia, podremos demostrar a los desesperanzados que todavía hay buena gente y muy probablemente sean más los buenos que los malos. Aporto mi granito de arena. Fui dos veces a visitar a Milagros al Vilela. La primera vez no me habló. Sólo me dijo sí y no con su cabecita. Sólo prestaba atención a los comestibles que tenía a mano: galletitas, chocolatines, caramelos. Y los comía sin parar. Le pregunté si quería juguetes. Me dijo que no. Quería facturas y fruta. Había al lado de su cama una joven mamá que había llevado a su chiquito de unos 5 años para que jugara con la nena. Y Mili le sonreía. Al chiquito solamente. Gracias mamá generosa que le diste tu tiempo y le prestaste tu hijito por un rato. Ayer, volví y al lado de la cama de una Milagros ya sonriente estaba sentada una señora. Común y corriente. Como ustedes, como yo. Le pregunté si era familiar y me dijo que no. Conversamos mientras la chiquita jugaba con una mochila de Princesa que alguien le había regalado y que la maravillaba porque era igual a la que salía en la TV. Me contó todo lo que sabía sobre la nena y el estado de la causa que deberá cobijarla de ahora en más. "Me llamo Julia", me dijo y se interesó por un hogarcito que conozco y del que le conté algunas cosas. Le di mi nombre y espero verla otra vez. Cruzármela al azar. ¿Cuántas Julias habrá y no salen en el diario? Gracias Julia. Conocer gente como vos vale la pena.
Rosa Larrea
LC 3901399