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Paladar, identidad y un buen tinto

El filme "El camino del vino", de Nicolás Carreras, que se estrenó ayer, surge después de años en que el realizador y su hermano gemelo vienen haciendo cortometrajes y a partir de la decisión...

Viernes 03 de Agosto de 2012

El filme "El camino del vino", de Nicolás Carreras, que se estrenó ayer, surge después de años en que el realizador y su hermano gemelo vienen haciendo cortometrajes y a partir de la decisión de transformar registros documentales en guiones donde conviven realidad y ficción.

El elegido para protagonizar la historia fue Charlie Arturaola, un sommellier uruguayo (tal como se conoce a los catadores de vinos) del selecto grupo de los mejores, a quien después de presentar exponen a una inesperada crisis, provocada por la pérdida del paladar.

Charlie Arturaola es uno de los diez más importantes sommelliers del mundo, con base de operaciones en Estados Unidos y que viene recorriendo más de 90 países hace más dos décadas, haciendo catas, dando clases y publicando libros.

En el relato, Arturaola confiesa de a poco que su paladar perdió el don que lo hizo famoso, y para recuperarlo le recomiendan como tratamiento empezar el recorrido que sigue el vino desde el racimo de uvas hasta ser servido en una copa, y así lo hace, con punto de partida en Mendoza, donde nació su vocación.

"A Sebastián, mi hermano, y a mí, nos gusta el vino y tenemos familia mendocina, pero sin embargo no sabíamos qué era un sommelier, no teníamos muy en claro ese trabajo de degustar vinos y opinar sobre ellos", explica Nicolás Carreras, que lleva recorridos varios festivales con este filme que define como "fuera de género".

Los hermanos Carreras están al frente de Cactus Cine, una productora audiovisual que tiene entre sus antecedentes largometrajes como "Un pogrom en Buenos Aires", "La muestra", "El tango de mi vida" y "Tierra de refugio", entre otros; Nicolás tiene 32 años y cursó estudios en la Universidad del Cine.

"En 2009 Ramiro Navarro, otro cineasta mendocino, nos contó que había trabajado con Charlie y nos dijo que había que hacer algo con él, y justo ese año llegó desde Miami, donde vive, nos reunimos, le hicimos algunas pruebas que grabamos, una especie de casting informal y de inmediato planeamos hacer algo", cuenta el realizador.

"El pensaba que iba a ser un producto televisivo, pero nosotros creíamos que era necesario meter algo de ficción, nos preguntábamos si Charlie aceptaría y nos sorprendió al decirnos que confiaba en nosotros siempre y cuando su imagen no se vea afectada", dice Carreras a propósito de su relato paradojal, el del catador profesional que pierde el sentido del gusto.

"Creo que tanto a Charlie como a toda la gente relacionada con la producción de vino en Mendoza que aparece en la película les entusiasmó la idea de actuar de sí mismos", explicó el cineasta.

"Encontramos -agrega Carreras- una forma de interpelar este mundo, que nos permitió el juego de la pérdida del paladar que nos llevó a recorrer otros aspectos de su vida, casi una metáfora freudiana acerca de la vida del auténtico Charlie", explica el cineasta que logró con su filme sorprender en Berlín, San Sebastián y Mar del Plata.

"Con este juego, nosotros detrás de la cámara y Charlie delante de ella, descubríamos sus orígenes más intensos, algo que empezó a salir con la idea de pérdida de paladar, la idea de su mundo verdadero, y nos dimos cuenta que paladar e identidad era lo mismo, y así quisimos que la vida real trascienda la estructura de la ficción", asegura.

"No es ni un documental ni una ficción sino un juego de estructuras, no sabíamos cuál iba a ser el desenlace, es decir qué ocurriría con su paladar; puede parecer un documental de observación pero también tiene algo de reality", termina.

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