Martes 14 de Junio de 2011
El sentimiento hacia el padre es algo curioso: primero se manifiesta como un amor "contenido por la obediencia", algo más tarde como "negado por la rebeldía", sobreviene después un sentimiento de "admiración" y finalmente nos embarga un amor "de lagrimones", es decir de nostalgia y cierto dolor por lo que ya se fue y quizás no pudimos valorar a tiempo. Esta última etapa ha motivado escritos muy sentidos tal como el poema "Mi viejo" de Julián Centeya, y que, con el permiso de ese "inquilino de la ternura", me permito transcribir como homenaje en palabras de un hijo a su padre ausente. "Quisiera amasijarme en la infinita ternura de mi barrio de purrete, con un cielo cachuzo de bolita y el milagro coleao del barrilete. Verlo a mi viejo, un tano laburante que la cinchó parejo, limpio y claro; y minga como yo un atorrante que la va de sover y se hace el raro. Mi viejo, carpintero, era grandote, un cuore chiquilín, siempre en la vía. Su vida no fue más que un despelote y un poco, claro está, por culpa mía. Vino en el Conte Rosso. Fue un espiro. Tres hijos, la mujer, a más un perro. Como un tungo tenaz la fue de tiro. Todo se la aguantó, hasta el destierro. Y acá palmó acá está adormecido mi viejo, el pobre tano laburante. Se la tomó una cheno de descuido y me dejó un recuerdo lacerante. Que mundo habrá encontrado en su apoliyo. Si es que existe un mundo para los que se piantan. Sin duda el cuore suyo se hizo grillo y su mano cordial es una planta." Más allá del regalito por el Día del Padre (bienvenido sea) que bueno sería recibir -o mandar- alguna esquela que aunque no sea poética o escrita en lunfardo sea sincera, cariñosa y sobre todo con palabras a tiempo.
Omar Pérez Cantón, operezcanton@hotmail.com