Lunes 25 de Marzo de 2013
El domingo 17 de marzo pasado, acompañando a una amiga que padece de una enfermedad grave, fuimos mi marido y yo a la iglesia Natividad del Señor, con el fin de obtener un número para la bendición del padre Ignacio. Dada la masiva concurrencia de siempre en ese lugar, nos costó conseguir estacionamiento; pero al final encontramos un lugar, no muy lejos de la capilla. Los señores ingenieros que cuidan los coches, cuya tarifa es la suma nada despreciable y arbitraria de 20 pesos, se mostraron ofendidos cuando les dijimos que esa cifra nos parecía excesiva y que íbamos a contribuir con menos. Por supuesto, recibimos una agresión verbal de su parte y la siguiente acotación: “Esto no me alcanza ni para comprar jabón”; y la amenaza tácita de no saber en qué condiciones estaría nuestro vehículo al regreso. Evidentemente, ya hemos asumido los rosarinos que estacionar en esta ciudad, aún en la vía pública, es un lujo. Comulgo y participo con la ayuda al prójimo, sobre todo con los que más necesitan, pero con quien yo considero, y con lo que mi bolsillo me permite. Circular en auto, estacionar, detenerse en los semáforos o frenar en las esquinas son algunas de las normas de tránsito obligatorias que, lejos de mejorar el sistema y dar tranquilidad, generan caos e inseguridad en la población. Pido públicamente a la autoridad competente, quien está absolutamente al tanto y es cómplice de esta situación, tome cartas en este asunto y reivindique este concepto.
Griselda Ricardo Gigena.
DNI 6.246.224