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Otra vez la ñata contra el vidrio

Todo análisis tiene un costado positivo y otro negativo. Todo es según el cristal con que se lo mire. Rosario perdió ante Tucumán la final del Argentino por 33 a 20.

Domingo 01 de Diciembre de 2013

Todo análisis tiene un costado positivo y otro negativo. Todo es según el cristal con que se lo mire. Rosario perdió ante Tucumán la final del Argentino por 33 a 20. Mirando la mitad del vaso lleno podría decirse murió de pie, como lo hacen los grandes, ante un equipo que hace cinco meses se venía preparando para este Campeonato Argentino. Y agregar que terminaron jugando, ofreciendo su corazón, aún a sabiendas de que era imposible remontar un resultado adverso. La caída es condenatoria por definición. Puede ser, pero es menester establecer algunos puntos positivos que dejó este proceso. Evaluar sólo el resultado sería un gran error.

   Perder una final se puede dar por un sinfín de cosas, pero más allá de los aspectos técnicos (que merecerían otro análisis) sería conveniente revisar el camino que atravesaron un equipo y otro para entender más el desenlace.

   Sabido es que en Rosario, su seleccionado, no tiene la misma convocatoria que tienen los clubes, de hecho si se hace un ranking de importancia para la gran mayoría primero están los clubes y después el representantivo local. Con esa cultura, el equipo del Ñandú arranca todos los años buscando la gloria conseguida hace mucho tiempo. Entre ese pasado venturoso y este presente esquivo, se sucedieron muchos entrenadores y muchísimos más jugadores, muchos equipos con hombres de nivel internacional, con muchos Pumas en sus filas, que nunca pudieron ver cristalizado ese sueño de gloria.

   Si hubiera sido campeón, este equipo no era el mejor del mundo, como tampoco por haber perdido es el peor de todos. El staff trató, una vez que se liberaron los jugadores de sus clubes, de armar un plantel competitivo, en el que se mezclaron jugadores de experiencia y juventud. Y fue tallando su identidad con el correr de los partidos, a diferencia de Tucumán, que se preparó a la cita con antelación, poniendo todos sus huevos en esa canasta, en detrimento de sus clubes que, por ejemplo, ni figuraron en la definición del Torneo del Interior.

   Ahora bien, si se mira la mitad del vaso vacío hay que decir que Rosario no estuvo ni cerca de romper el maleficio que ya lleva una racha funesta de 48 años. En un terreno donde las excusas no sirven, el equipo del Ñandú cometió errores cuando no debía cometerlos y tomó riesgos cuando no debía hacerlo. Por momentos abandonó el libreto que lo había depositado en la final y cayó en la telaraña que le tejió un equipo experimentado y mañero como el tucumano, que de trampitas sabe y mucho.

   Sin bombos ni platillos, con mucho trabajo y sin sobrarle absolutamente nada en cada partido fue tomando una senda que lo dejó en la final. Llegó invicto ya que supo resaltar sus virtudes y esconder sus defectos, pero ayer todo fue distinto. El Ñandú tuvo ambición pero pocas chances y su impericia lo volvió a dejar a mitad de camino. Rosario le permitió a Tucumán sumar su décima corona y mirar como dice el tango “con la ñata contra el vidrio” cómo los naranjas daban la vuelta olímpica, mientras un sabor amargo inundaba la boca.

   El subcampeonato sigue siendo una herida abierta que sólo se cicatrizará con un título. El trecho en el camino al podio es cada vez menor, pero aún falta. Lo bueno es que en el rugby, como en cualquier deporte, siempre hay revancha.

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