Orgulloso del Senado
Por tradición familiar y por profunda convicción asentada, reforzada y confirmada, a través de estos casi 90 años de activa vida pública, soy profundamente apolítico.

Lunes 26 de Julio de 2010

Por tradición familiar y por profunda convicción asentada, reforzada y confirmada, a través de estos casi 90 años de activa vida pública, soy profundamente apolítico. Sin embargo, puedo decir algo muy positivo respecto a la reunión del Senado del 14 de julio, donde se aprobó por fin una ley justa, necesaria y que debiera enorgullecer a todos los argentinos. Tuve la paciencia de escuchar largos tramos de los alegatos de los unos y de los otros, no todo, por supuesto, pero sí lo suficiente como para tener una muy clara idea de cuál era el peso de los argumentos de las partes. Me llamó poderosamente la atención la claridad de las razones que presentaron en general quienes discurrieron a favor del proyecto, tan distintas a la arbitrariedad, obcecación y precariedad argumental de quienes se oponían al mismo, basados en su totalidad en réplicas de carácter religioso, pretendiendo olvidar, con característica tradición autoritaria de extrema derecha, que en la Argentina no todos somos religiosos. Existen también, Deo gratias, ateos y agnósticos con derechos tan válidos como los de cualquier ciudadano, incluyendo los "distintos". Disiento con el señor Javier Manzur, cuando en su carta "El Senado es una vergüenza", da su versión del episodio entre la senadora Liliana Negre de Alonso y el senador Miguel Pichetto. La mencionada senadora planteó algo que me cuesta calificar, pero sí puedo afirmar que sólo una mente extraviada puede llegar a proponer promulgar una ley que posea una especie de sub-ley que permita a los ciudadanos aceptarla o no según su parecer o conveniencia. Decir que es un disparate mayúsculo me parece casi cariñoso. Prefiero el calificativo de alarmantemente peligroso y que conduciría irremediablemente al caos jurídico. La exposición del senador Pichetto, quien no es desde ya santo de mi devoción, fue quizá la única que puso el dedo en la llaga, diciendo lo que tenía que decir, con meridiana claridad y rara valentía. El debate fue "serio, honesto y sin crispaciones" salvo aquí y allá. Nadie "ofendió a la democracia", fue por el contrario una envidiable y rara manifestación republicana, donde ganó la mayoría en base a argumentos de fuste, algo que no es evidentemente del gusto de aquellos acostumbrados a imponerse patoteando y amenazando con la vaina. Quien sin ningún lugar a dudas se expresa manifiestamente crispado es el señor Manzur, en sus típicas manifestaciones "moralizantes" religiosas. Acuerdo en un todo con él, en lo que se refiere a las faltas de algunos miembros de ese cuerpo a las sesiones de la cámara.

Cristián Hernández Larguía,

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