"Nunca me hubiera imaginado que mi hermanita pudiese hacer algo así"

Sábado 19 de Junio de 2010

Débora es una morocha de 19 años y enormes ojos negros, muy parecida a su hermanita Lucía Belén, quien tenía 13 y fue una de las ocho adolescentes que se suicidaron este año con el juego de la asfixia, en la pequeña ciudad salteña de Rosario de la Frontera.
  Lucía Belén era la menor de seis hermanos, tres varones y tres mujeres, que tienen 23, 22, 20, 19 y 16 años, cuyos padres explotan una carpintería y el hermano mayor una vidriería.
  Con estética adolescente, Débora se sienta en canastita en un sillón plegable de la vereda del drugstore La Ola, donde trabaja mañana y tarde, apenas pasado el mediodía, y dialoga durante más de media hora con La Capital.
  Cabello largo apenas recogido con invisibles, piercings en la oreja derecha, la ceja izquierda y el lado izquierdo de la nariz, polera blanca, camisola a rayitas celeste y blanca, chaleco gris impermeable, vaquero y zapatillas Converse blancas, acepta con soltura hablar del caso de su hermanita y prende un cigarrillo.
  “Sé que todos se centran en que esto fue por el juego (de la asfixia o shocking game). Yo no sé qué es, pero en el caso de mi hermanita no fue ese juego que disparó su decisión. Tenemos internet, pero ella no estaba metida en eso”, advierte Débora, quien hace dos años se recibió en la terminalidad informática en la misma escuela a la que iba Lucía Belén.
  —¿Ella recibió algún mensaje de texto relacionado con el juego de la asfixia?
  —No lo sé. En mi casa nadie toca el celular de nadie. Y ese mismo día la policía se lo llevó.
  —¿Pudo haber imitado a las otras chicas?
  —Yo había escuchado eso, pero no se conocían. La primera chica que se suicidó igual que otras dos, eran de noveno año y ella era de octavo.
  —¿Qué le pasó, entonces?
  —La verdad que no sé. No le encuentro explicación. Ella no era de salir con las amigas. Estaba todo el día en casa, en lo de mi abuela o en lo de mi tía. Esa mañana estaba bien, no hubo nada raro en su actitud. Todavía no puedo creer lo que pasó.
  —¿Tenía problemas graves en tu casa?
  — Había problemas, sí, pero como en cualquier casa. Era una buena alumna, casi nunca tenía problemas en la escuela, tenía buenas notas. Estaba todo el día con el celular y escuchaba música, sobre todo romántica. Tenía cuadernos y carpetas con poemas y canciones. Siempre miraba novelas con Andrés, mi hermano mayor. Le encantaba coleccionar las tarjetitas con poemas y le encantaba coser ropa para sus muñecos. Tenía un montón de peluches. Es difícil de creer... Nunca me hubiera imaginado que iba a hacer algo así. Nadie en mi casa lo puede creer. Ese día estaba trabajando cuando me avisaron y todavía me parece una pesadilla.
  —¿Hablaba mucho con vos?
  —No. Hablaba más con mi mamá. No nos cruzábamos tanto. Antes nos veíamos más, pero ahora sólo nos veíamos a la tarde porque a la mañana ella estaba en la escuela y yo en el trabajo.
  —¿Tenía amigas?
  —No era tan sociable. Tenía tres amigas con las que estaba siempre, pero todo el día en casa, y si salía iba a lo de mi tía Gloria y a lo de mi abuela Lucy. Estaba con su prima Adriana, de 14 años, pero no me gustaba mucho que se juntara con ella.
  —¿La familia tenía problemas económicos?
  —Nunca le faltó nada. Desde chicos cada vez que quisimos algo lo tuvimos. Ahora trabajo para no ser una mantenida, pero no porque la plata me haga falta.
  —¿Los chicos tienen demasiado tiempo libre acá en Rosario de la Frontera?
  —Ella iba a la escuela a la mañana y a computación en Chip, a la tarde. Les pregunté a sus amigas si tenía algún problema o algún novio y me dijeron que no.
  —¿Fueron, como se rumorea, atraídas por una “fuerza extraña”?
  —No sé, pero es raro. Igual que la forma en la que se ahorcaron: una chica apareció en la puerta del baño, pero estaban todas asfixiadas y ninguna se rompió el cuello. La actitud de ella no era la de alguien que estuviera en algo así. No sabemos qué pensar. Todos se encierran en que es el juego.
  —¿Qué pasó ese día?
  —Yo estaba cocinando porque a mi mamá se le había antojado comer empanadas, mi hermana mayor estaba estudiando porque sigue el profesorado en matemática, y ella estaba limpiando el comedor y miraba de vez en cuando a mi sobrinita Agostina, que tiene tres meses. Después de comer miraban tele. Volví a buscar el cargador del celular y ella estaba acostada en la pieza que compartíamos. Esa fue la última vez que la vi.
  —¿Creés que se sabrá qué pasó realmente?
  —Eso espero.l