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“Nunca me creí una estrella”, confesó Darín a la hora de definir su exitosa carrera

“Relatos salvajes”, la película de Damián Szifron que se estrena en la ciudad el jueves 14 de agosto en un lanzamiento nacional, plantea que todos pueden perder el control.

Domingo 27 de Julio de 2014

Desde dónde hablar con Ricardo Darín, pequeño dilema. Es el actor más admirado, popular y prestigioso de la Argentina. Lo aman los fanáticos del cine arte, los que miran a Tinelli y los que lo disfrutaron en las películas de Campanella. En España lo conocen y no es un desconocido en Hollywood. “Nunca me creí una estrella”, afirma, y al tenerlo frente a frente, como ocurrió esta semana en la presentación de prensa para Rosario de la película “Relatos salvajes”, se ratifica que esa frase no es la de un personaje, no está guionada. Es que Darín llegó a ser Darín porque supo convertir en especial su condición de hombre común, como cada una de sus criaturas. Y todo empieza en su “composición cromosómica”, como se encargará de aclararlo en esta entrevista exclusiva con Escenario, ofrecida en el Savoy Splendor.

   “Relatos salvajes”, la película de Damián Szifron que se estrena en la ciudad el jueves 14 de agosto en un lanzamiento nacional, plantea que todos pueden perder el control. Son seis historias independientes cuyo denominador común es la injusticia cotidiana, la violencia, el desamor, el ninguneo, la venganza. Situaciones en las que todo mortal, en cualquier parte del mundo, se puede topar, casi inevitablemente.

   En el filme —que cuenta con la coproducción de El Deseo, de Pedro Almodóvar —participan en los roles protagónicos Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Oscar Martínez, Rita Cortese, Erica Rivas, Julieta Zylberberg y Ricardo Darín. La historia de Darín se llama “Bombita”. Es la de un ingeniero de la construcción harto de las injusticias burocráticas del sistema, que un día dirá basta y procede en consecuencia, cueste lo que cueste. Le salta la térmica, como a tantos, como al que puede estar leyendo esta nota, como a Darín.

   —¿Perder el control te puede hacer pasar de víctima a victimario?

   —Sí, tristemente sí. Vos podés ser, como yo creo que lo soy, alguien que permanentemente está en contra de las reacciones intempestivas, de las injusticias, trato de trabajar a favor de la paz, de la consideración y de la comprensión del otro, podés estar siempre enfocado en eso, pero ocurre que la vida suele ser perversa en muchos sentidos, y como somos un poco producto de las circunstancias que nos toca vivir, te podés ver envuelto en una situación en donde no tenés tan al alcance de la mano el raciocinio, como esperabas, y te encontrás en una situación absolutamente contraria a lo que sos en tu esencia o en una circunstancia que permanentemente criticás en los demás. Porque hay ciertos factores que son condicionantes en ese sentido, es decir, hay un plano emocional que es difícil de manejar, en donde las cosas están a punto de salirse del eje. Yo creo que las víctimas y los victimarios, en un punto, son víctimas de la misma cosa. Es una situación, es un contexto en el que hay alguien que se manda la gran cagada y alguien que la sufre, pero aquellos que cometen la gran cagada terminan siendo víctimas posteriores eternas de lo que pasó.

   —Claro, en tu historia tu personaje rompe un vidrio por una situación puntual, comete un acto violento, pero nadie se plantea por qué llegó hasta ese límite.

   —Bueno, es que normalmente estamos acostumbrados a condenar la violencia en términos físicos o materiales, pero difícilmente tengamos el mismo rango de comprensión para aquellas violencias que son verbales, psicológicas, literarias, las que van acumulando capa sobre capa y llevan a un tipo a que esté fuera de eje, y que se coloque en una situación no sólo no deseada, sino impensada, inimaginable. Y cuando te ponés a analizar con un poco de detenimiento te ponés a pensar: «bueno, ¿qué le pasó a este tipo?». Yo no quiero justificar a nadie porque creo que hay cosas que son injustificables, pero hay personas que soportan una agresión, una violencia psicológica diaria, frecuente, durante muchos años de su vida, y de golpe un día le salta una térmica, hacen un desastre, y vos decís «¿cómo puede ser que un tipo se vuelva tan loco?».

   —Y...acordate del caso Barreda...

   —Estaba pensando exactamente lo mismo, pero es un caso difícil de citar, pero a mí me llamó mucho la atención en el caso Barreda cuando estuvieron un año y medio haciendo pericias psicológicas para ver si el tipo estaba bien o mal de la cabeza. Y no hay forma de que el tipo esté bien de la cabeza.

   —¿El salvajismo del que hablás, que también asoma en la película, tiene muchos puntos en común con el argentino medio, y más específicamente con el porteño?

   —Mirá, de esto hablé cuando fuimos a presentar la película en Francia, en Cannes, y surgía este tema, y vos sabés que no estoy tan de acuerdo con eso, y la demostración más clara de la universalidad de todos los temas que componen esta especie de mosaico que es “Relatos salvajes”, es haber asistido a la reacción de 2500 personas, un grupo compuesto por gente de todas las latitudes que te puedas imaginar, americanos, europeos, asiáticos, y todos respondían exactamente a los mismos parámetros en los mismos lugares. Quiero decir, “Relatos salvajes” atraviesa seis historias y todas pueden tener algún denominador común, pero son todas historias distintas, con desarrollos distintos, y gracias a la maestría de Damián (Szifron), también con estilos distintos. Pero creo que es muy difícil que un tipo en Ucrania, por situar un ejemplo alejado de nuestro país, no se vea involucrado en tres o cuatro de los cuentos que componen la película, porque tiene que ver con la esencia humana. En algunos casos con el atropello del que somos víctimas los ciudadanos, en otros casos con el ninguneo al que se ven sometidos algunos seres humanos en el mundo, y lamentablemente son la mayoría, el desamor, la traición, la infidelidad, todos factores condicionantes y que son determinantes a la hora de que un tipo se corra de su eje. Creo entender que te referís a una metodología o una forma de reaccionar en distintas ocasiones que pueden estar más relacionadas con nuestra esencia latina que con otras latitudes, pero creo que en un 80 por ciento las historias son universales.

   —¿Esta pérdida de control también te alcanza en tu vida cotidiana?

   —No, yo soy retranqui, porque trabajo sobre mí mismo, trabajo sobre lo que es la pérdida de control, en el «no te vayas de mambo», y ni hablar de «el que se quema con leche ve una vaca y llora». Pero eso no significa que por dentro no te pase.

   —De última exorcisás tus demonios en tus personajes.

   —Sí, pero no sé si terapéuticamente funciona tanto, lo que más me funciona a mí es no olvidarme quién soy yo, cuál es mi composición cromosómica, en mi naturaleza no está el agredir, en mi naturaleza no está cagarme en los demás, más bien todo lo contrario. Trato de ponerme en el lugar del otro, cuando alguien me agrede pienso «qué le estará pasando a este tipo para que tenga una reacción así». Pero vos podés juntar una, dos, tres, cuatro, pero el sexto en el día paga el pato de todos los demás, y a lo mejor era el que menos lo merecía, pero no podés someter a alguien a una exigencia tan elevada, permanentemente que siempre tenga que hacer un ejercicio de autocontrol. ¿Por qué no nos tratamos mejor?

   —¿Te nutre como actor ir de una película como esta, producida por Almodóvar y que abre puertas al mercado internacional, a una independiente como “Delirium”, de próximo estreno, que la hizo un debutante y es de bajo presupuesto?

   —Yo tengo que hacer esto, yo soy de los que cree que en todos lados se aprende algo, que parte del secreto y de la diversión está en eso, en sentir que en cada cosa que te subís hay algo que tenés para aprender, algo podés dejar y algo tenés para llevarte, eso en el sentido más existencialista, pero en el sentido concreto, o profesional, yo creo que debo hacer eso. No quiero estar sujeto a cuestiones económicas, contractuales, de establishment, de estructura, yo nunca me creí una estrella, razón por la cual, yo soy una laburante de esto desde hace 50 años, he pasado por infinidad de situaciones, buenas, malas, regulares, sobresalientes, pésimas, de todo, afortunadamente fueron más las a favor que las en contra, lo que no significa que no las haya tenido. Un tipo en mi condición, si no tiene el espacio posible para ponerle el hombro a unos pibes que están empezando, que tienen una idea loca en la cabeza, que se van a tirar de un acantilado sin paracaídas, si yo no tengo espacio para eso quiere decir entonces que todo lo que digo es mentira, porque es lo que creo que hay que hacer en todos los terrenos, no sólo en términos artísticos. Creo que la juventud tiene que tener las posibilidades de experimentar, de mandarse. Yo no tengo un estilo de laburo, y por otra parte(en tono de confidencia) sé que lo puedo hacer y eso sí es medio capcioso, porque... ¿qué me puede pasar? Quiero decir, ya fui atacado, no atacado, rescatado, perdonado, si no tengo para ofrecer una porción de lo mío para que otros traten de encontrar la suya, y traten de crecer, lo mío sería de un egoísmo patético.

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