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"Nos hemos olvidado de nuestra propia muerte, de eso no se habla"

Sylvia Lahitte Helbling es coordinadora del Área de Preservación y Gestión del Patrimonio en Cementerios Municipales, perteneciente a la Dirección General de Defunciones y Cementerios.  

Domingo 09 de Noviembre de 2014

El cementerio El Salvador es una ciudad dentro de la ciudad. Al lado de la Rosario que recorremos día a día, a pasos de las avenidas atiborradas de autos, de supermercados y almacenes, de clubes y escuelas, de teatros y shoppings, de bares y canchas de fútbol, existe otro paisaje. Allí, a metros del vértigo, vive el silencio: apenas se escucha el canto de los pájaros que baja de los cipreses. Recorrer los senderos del cementerio es perderse en el pasado, pero también recordar la fragilidad del presente: los muertos, que son tan nuestros como el futuro, nos tienden la mano en la tarde de primavera. Y conversan: tienen tantas cosas para contar.

El sol cae a pico sobre las tumbas y a Sylvia Lahitte Helbling le brillan los ojos. A esta antropóloga rosarina le apasiona el trabajo que realiza en el área de preservación y gestión de cementerios municipales. El Salvador, antes territorio recoleto, espacio reservado a los parientes o amigos de los difuntos, se abre hoy como un paisaje gentil en la geografía urbana. Ahora es posible recorrerlo, aprender sus secretos y también —como cuenta Sylvia— sentarse a tomar unos mates una tarde cualquiera, entre los árboles añosos y el silencio amigo.

"Desde chica me gustaba entrar a los cementerios, mirar las fotos de los difuntos. Me encantaba ir a los cementerios de pueblo —recuerda la tanatóloga (la tanatología es una disciplina que estudia de modo integral el fenómeno de la muerte)—. Cuando viajábamos, mi familia a veces me miraba feo: yo simplemente me bajaba del auto, iba al cementerio y volvía. También venía siempre acá, al Salvador. Después seguí por otros caminos, hasta que —mucho tiempo después— descubrí que había una red de cementerios patrimoniales a nivel argentino y latinoamericano".

Bueno, pero respetemos un poco la cronología. ¿Cuáles fueron esos "otros caminos"?

—Sí, perdón, jaja. Yo estudié antropología social en la UNR. En realidad entré en la carrera de historia a principios de la década del ochenta, en esa época la carrera de antropología no existía y entonces hice historia con orientación antropológica. Cuando se abrió antropología, me pasé. Me acuerdo de mis profesores de entonces, de Germán Fernández Guizetti, de Salomón Garbulsky, de Elena Achilli. Me recibí recién en 1994 porque era complicado, nos faltaban docentes. Me acuerdo de haber hecho materias en la Facultad de Comunicación Social.

Mientras tanto, trabajabas.

—Sí, en la farmacia de mi mamá. Y adiestraba perros. Soy muy bichera: tengo dos perros, dos gatos y una tortuga, ja ja. También estudié recursos humanos y asesoré a varias pymes.

¿Y cuándo?

—Sí sí, cuándo lo que era un hobby se volvió otra cosa. Bueno, ayudó internet, con la posibilidad de contactos que abre. Al principio me llegué al cementerio de Disidentes y fui muy bien recibida. Y así empezó todo, yo hice una investigación somera pero me invitaron a un encuentro que se hizo en La Recoleta, en la iglesia del Pilar. Fue el primer paso. Muy pronto me propusieron, generosamente, trabajar en el área de cementerios. Yo ya era empleada municipal, eso sí. Aunque bueno, sentí que pasaba del anonimato a la fama en cinco minutos (risas).

La ciudad de los muertos. De inmediato comienza la caminata. El Salvador es extenso: ocupa aproximadamente cinco hectáreas comprendidas entre Ovidio Lagos, Pellegrini, Godoy y Francia, donde se emplazan más de 50 mil tumbas. Sin embargo, no resulta sencillo calcular con exactitud el número de cuerpos depositados, ya que en muchas de esas tumbas hay más de uno, inclusive muchos.

El recorrido arranca por la "Memorabilia", un amplio muro donde se ven numerosas fotografías. Anónimos, en contraposición con los "ilustres" que vendrán más adelante, cada uno de esos rostros cuenta una historia.

"Un hombre llega siempre con un frasquito de perfume, humedece un pañuelo y se lo pasa al retrato de su mujer fallecida", cuenta Sylvia. "La gente tiene necesidad de manifestarse".

A pocos metros de allí, el muro de los ilustres homenajea a personajes destacados de la ciudad.

"Esto debe ser visto como un jardín: aquí se crea un clima cálido, hay flores y ángeles, la gente se sienta y toma mate. También lo utilizamos para eventos, días atrás se presentó la actriz Mónica Alfonso en un espectáculo basado en textos de Lucrecia Castagnino y Emilia Bertolé", recuerda Lahitte Helbling. "Hay que apropiarse de los espacios", concluye.

Sobre el muro que preside el ámbito están las placas que evocan a los finados célebres que yacen en El Salvador: reconocidos hombres de la política como Pascual Rosas, Lisandro de la Torre o Guillermo Estévez Boero; ex intendentes de renombre como Gabriel Carrasco, Luis Lamas, Miguel Culaciati o Luis Cándido Carballo; destacados médicos como David Staffieri; brillantes arquitectos como Ángel Guido o Emilio Maisonnave; imprescindibles artistas plásticos como Emilia Bertolé o Juan Grela; recordadas docentes como Juana Elena Blanco o Dolores Dabat. También están en El Salvador los restos mortales de Francisco Netri, héroe y mártir del Grito de Alcorta.

Lahitte Helbling recuerda con particular cariño la historia del hallazgo de uno de los "ilustres", el valiente veterinario Giovanni Piermattei.

Un sueño. "Fue el primer veterinario que hubo en Rosario evoca. Piermattei era joven y se preocupó de inmediato por las condiciones de salubridad de los frigoríficos. A los poderosos ganaderos de la época estamos hablando de fines del siglo XIX les molestó su insistencia y al parecer se lo cobraron muy caro. Piermattei fue asesinado cruelmente, lo desangraron como a una vaca. En fin, ni siquiera tenemos una foto suya. Tiempo atrás vino al cementerio el presidente del Colegio de Veterinarios y dijo: «Lo quiero encontrar». Estaba registrado en el libro de inhumaciones. Lo empezamos a buscar, y en cierto momento pasamos frente a una serie de tumbas viejísimas y yo dije «está acá», tuve un presentimiento. En realidad tuve un sueño muy extraño, podés llamarlo sobrenatural: soñé que un hombre muy alto me decía «tante grazie, Sylvia». Cuando abrimos la tumba y llegamos a los restos, el forense dijo que el fémur hallado era de un hombre que medía más de dos metros. Era él... Le dimos sepultura digna, le hicimos un homenaje. Es ciudadano distinguido post mórtem".

El periplo no se detiene. De pronto, entre la profusión de panteones, aparece un misterioso cenotafio (el vocablo proviene del latín cenotaphium y significa sepulcro vacío). Lahitte Helbling no devela el misterio: "Simplemente, no tenemos información ninguna sobre él", dice. Es tan hermoso como inquietante.

A pocos metros se ve un sepulcro en tierra, uno de los cuatro que existen en El Salvador. Pertenece a un irlandés llamado Donnelly, y tiene una reja alrededor. "Ese es un hábito de los países sajones —explica la antropóloga—, porque cuando nieva, se hace imposible encontrar un sepulcro. Ellos tienen el hábito de inhumar en tierra. En el cementerio de Disidentes abunda esta clase de tumbas. Sobre esta, si te fijás, vas a ver que crecen variedades muy especiales de trébol. El trébol es el emblema de Irlanda, y hasta hace poco un descendiente del finado me traía semillas".

Ciertos panteones, de forma triangular, tienen inscriptos los símbolos de la masonería. Es el caso de aquel donde está inhumado Zenón Pereyra, fundador del pueblo del mismo nombre, un poderoso empresario ganadero que integró la elite de la burguesía rosarina a fines del siglo XIX y ostentó el grado máximo en la masonería: llegó a tener grado 33, lo máximo en el "rito escocés antiguo y aceptado".

¿Y los ángeles? Parecen estar por todas partes.

—Bueno, son una de las imágenes predominantes en el arte funerario. El ángel funerario es arriba, también puede estar buscando al finado dentro de la tumba, para sacarlo. Además, la posición de las alas tiene un significado propio: la resignación se identifica con las alas caídas; la esperanza de resurrección, con las alas altas. En un cementerio genovés está la famosa Angela de Monteverde, que es muy hermosa y hasta sensual. Los ángeles que vemos aquí, en cambio, tienen rasgos más inocentes y virginales.

–¿Qué otras imágenes tienen importancia en El Salvador?

–En este cementerio, recordemos, predomina el eclecticismo: esto no es el Père Lachaise, en París, donde pueden verse áreas enteras destinadas al art nouveau. Aquí hay de todo, como en botica, y mezclado. Por ejemplo (Lahitte señala la estatua de un profesor, de notable verismo, instalada sobre un panteón), ahí tenés un ejemplo de lo que se llama “realismo representativo”: ese docente , de aspecto severo, debe haber sido así en vida: ¿no tiene cara de estar diciendo “señores, saquen una hoja?” (risas). Y más allá hay otras dos estatuas, de un matrimonio, donde a él se le puede ver un botón de la camisa desabrochado. También están las “dolorosas”, que se agarran la cabeza o están arrodilladas sobre el féretro. En realidad se trata de las Parcas, que el cristianismo suavizó a partir del Renacimiento. Son mujeres jóvenes y bellas, ya no tremendas o desagradables, como en la Edad Media. Igual que los ángeles, ellas acompañan en el dolor.

–¿Y los epitafios?

–Son un mundo aparte, que a mí me apasiona. Los hay de todas clases, desde los más coloquiales hasta los estrictamente formales. Algunos son puramente descriptivos: apenas la fecha, el nombre y la foto. Otros describen a la persona a partir del lugar donde se ubicó socialmente: la mejor hija, la mejor madre, la mejor ama de casa. Otros son institucionales. Y también están aquellos que son personales: recuerdo especialmente una extensísima, casi agobiante declaración de amor de un enamorado a su amada.

–¿Alguno que recuerdes en particular?

–Hay uno ante el que no puedo evitar sonreír: “Totón, tú la primera”, se limita a decir. ¿Quién sería esa “Totón” que partió antes que ninguno? Misterio.

–Ahora bien, en este cementerio se percibe una poderosa parafernalia fúnebre. Me da la impresión de que en el presente, si es posible decirlo así, la muerte “se vive” de otra manera.

–Sin dudas. Las costumbres han cambiado profundamente, sobre todo a partir de la década del setenta. Pensá en el duelo, que era una institución y hoy ha desaparecido, prácticamente. Antes era el eje de un próspero comercio: muchas tiendas, entre ellas La Favorita, vendían prendas de duelo. O en los casos más humildes, las célebres anilinas Colibrí eran la solución elegida.

–¿Se invisibiliza, hoy, a la muerte?

–En cierto sentido, sí. Todo es mucho más discreto. Sin embargo, existen peculiaridades como los velorios on line, para los familiares del finado que viven fuera del país.

–¿Y qué es la tanatología?

–Es la ciencia del buen morir. Su pionera fue la doctora Elizabeth Kübler-Ross, que atendía a pacientes terminales. La tanatología no sólo se ocupa del que va a morir, sino de su familia. Pensá que nosotros nos resistimos a morir. La muerte es el miedo universal, aunque cada cultura la siente de manera distinta. En México, por ejemplo, la muerte se vive con alegría, con humor, hasta con desenfado. La idea es que, como evidentemente resulta un hecho inevitable, hay que tratar de morir de la mejor forma posible. El duelo, por otra parte, también debe tener una duración: si la sobrepasa, se vuelve patológico.

–¿Cómo se vive, entonces, la muerte entre nosotros?

–Pareciera que no existe. No hemos encontrado la forma de resolver nuestros duelos, vivimos el duelo de los demás en la televisión. De nuestra propia muerte nos hemos olvidado, de eso no se habla.

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