Lunes 19 de Octubre de 2009
“Estamos acordándonos de él bien. Ya lloramos. Ya nos despedimos. El dejó un vacío enorme,
pero queremos ser fuertes porque a él no le hubiera gustado vernos caer”. Con esas palabras
Estela Milazzo, la esposa de Darío Tirabassi, recordó ayer al repartidor baleado durante un robo en
barrio Saladillo.
En la casa de barrio Rucci donde convivían desde hace cuatro años junto
a las hijas de ella, Cintia, de 29 años, y Romina, de 24, el recuerdo del distribuidor está
presente en cada detalle. Estela aún enchufa el celular en la mesa de luz de él, como si no se
hubiera ido. Pero trata de ahogar el dolor y dice que quiere volver hoy al centro de salud de zona
sur donde trabaja como administrativa. “El lo hubiera preferido así. Siempre decía que yo era
fuerte”.
Tirabassi, de 45 años, era padre de dos chicos de su primer matrimonio:
Ezequiel, de 18 años, y Nahuel, de 13, con los que compartía la mesa los fines de semana. Quienes
lo recordaban ayer en la ronda de mates en barrio Rucci lo definieron como un tipo hiperactivo,
gracioso, familiero, honesto y dueño de un humor y picardía por momentos ingenuos.
Le decían Pelado o Pela. Se levantaba a las 5.30, llevaba a Estela a la
parada de colectivos y se iba a trabajar. A la tarde hacían el reparto juntos. “Era muy
responsable. Le gustaba llegar temprano y cumplir con los pedidos. Le sobraba un alfajor y lo
devolvía”, contó Estela.
Como repartidor de Arcor y en los 15 años en que trabajó antes para otra
empresa, “nunca le pasó nada. Siempre le decía al sobrino que si los llegaban a asaltar había
que darles todo”, reveló. Por eso la familia no entiende por qué le dispararon: dicen que no
se resistió y que entregó la billetera con unos pocos billetes de 2 pesos.
Aunque era hipertenso, a Darío le gustaba comer. Solía llegar con helado
o comprar algo de panceta ahumada para sentarse a ver la novela Valientes con las hijas de su
mujer, y los domingos nunca pasaba por alto el asadito. “Era un buen padre, un buen hijo, un
buen esposo, una persona querida por todos. Pienso que era un tipo tan bueno que no era para este
mundo”, añadió Estela.
El miércoles, cuando la familia escuchó el desalentador parte médico, se
aferró a la idea de un milagro. Tenía afectada el área del cerebro que regula el habla y las
funciones psicomotrices, pero sus órganos seguían funcionando. “El siempre decía que si
tenía un accidente no quería quedar turulo, recordó Estela. “Negra, antes de que me pase algo
así me mato”, le decía a su pareja, que ahora encuentra en esas palabras un mínimo consuelo.
“Pensamos que cada día que sobrevivió fue un milagro. Nunca perdimos las esperanzas. Nos dejó
la sensación de que se fue yendo de a poco, para darnos a todos la posibilidad de despedirlo con
sus seres queridos reunidos”.