Martes 09 de Diciembre de 2008
No podría decir que no me gusta Macri. No estoy de acuerdo con lo que piensa ni con lo que hace, pero eso es otra cosa. Tiene buena pinta, podría haberse dedicado al cine y hasta —casi, casi— podría afirmarse que es simpático. Una buena proporción de argentinos lo repudia por las políticas que impulsa, por ejemplo "desaparecer" (en el más tétrico sentido de la palabra) la educación pública, la salud pública y la vivienda social, entre otras cosas. Su lema sería "Que se eduquen, que se curen y que tengan techo los que pueden pagárselo. Los demás, por definición, son prescindibles. Si los «desaparecemos» le hacemos un favor al sistema". Son muchos los que lo rechazan, pero también fueron muchos quienes lo votaron y lo pusieron a la cabeza de "La Ciudad". Pero a ver si nos entendemos. ¿Qué se esperaba de ese señor saludable y enérgico que quiere gobernar como un patrón de estancia? ¿Se creía que iba a mirar a la gente y a preocuparse por sus problemas? ¿Qué es lo que se le critica y qué es lo que se supone que está haciendo mal? El es coherente y está intentando cumplir con las políticas que derivan de sus ideas, de su formación y de su voluntad. Veamos. Actúa de la manera más "natural" posible, no como alguien a quien le preocupe la sociedad porteña sino como una persona que representa al sector que tiene el poder y la fortuna, y desea manejar a la Ciudad de Buenos Aires como si fuera una empresa lucrativa que pertenece a él y a sus iguales. No está usurpando nada, lo colocaron en esa función los votos que consiguió, y se las arregla para sus negocios públicos y privados cumpliendo las leyes (reconozcamos que hay algunas increíbles) o aprovechando su influencia para conseguir excepciones y atajos. Un consejo "retórico" para los anti-macristas: no se la agarren con él, piensen más bien en el sector que representa, y en lo que podría llegar a ser nuestra Nación si cayera en sus manos.
Héctor Bonaparte, DNI 6.205.548