Ni una menos
"No, no, no", fue el grito de Claudina Isabel el 13 de agosto de 2005. Esa noche se encontró con la milenaria bestia asesina, que luego de violarla, le disparó en la frente y abandonó su cuerpo sobre el asfalto.

Martes 19 de Mayo de 2015

"No, no, no", fue el grito de Claudina Isabel el 13 de agosto de 2005. Esa noche se encontró con la milenaria bestia asesina, que luego de violarla, le disparó en la frente y abandonó su cuerpo sobre el asfalto. En lugar de sumarse a la lista de estudiantes que continuaban la carrera de abogacía, fue sumada a la lista de 665 mujeres asesinadas ese año en Guatemala. En 2001, en Ciudad Juárez, México, el mismo grito desgarrador fue de Claudia Ivette, Laura Berenice, María de los Ángeles, Mayra Juliana, Merlín Elizabeth. María Rocina y Esmeralda, a quienes la bestia asesina violó, para luego arrojar sus cuerpos sin vida en un campo de algodón.

Ese grito no tiene tiempo, ni fronteras. En 1616, en Bélgica, Bertholome Herodes fue acusada de haber causado una peste y se sumó a las decenas de miles de mujeres brutalmente asesinadas durante la caza de brujas en el medioevo. A mediados del siglo V a. C., Periandro, el tirano de Corinto, en un ataque de furia escuchó ese grito de su esposa Melisa, cuando la asesinó pateándola y tirándola por una escalera. El infanticidio femenino en China, India, Pakistán, Irán y Bangladesh le ha costado la vida a decenas de millones de mujeres. Esta práctica no es excepcional, por el contrario, ha ocurrido en todos los continentes a lo largo de toda la historia. No importa la forma, el método, el país o el siglo, la bestia asesina lleva milenios matando mujeres solo por ser mujeres.

El femicidio, palabra técnicamente correcta pero que no logra transmitir la bestialidad del concepto que describe, es una epidemia que afecta a miles de mujeres en el mundo, incluida América latina. Si bien no existen cifras oficiales, es posible afirmar que solo en el 2014 fueron víctimas de femicidio no menos de 5.000 mujeres en la región. Allí, la bestia asesina descansa tranquila porque tiene de su lado a un Estado cómplice por inacción, lo cual perpetúa la violencia.

Ya sean seis por día en México, o casi una por día en Argentina, nuestros gobiernos han fracasado en encerrar a la bestia. Si bien en algunos países se tomaron medidas para combatir el femicidio, las cifras ponen en evidencia el fracaso de las mismas, ya sea por incompetencia de los responsables en implementarlas o por ineficacia de las medidas. El milenario status quo de discriminación y violencia contra la mujer no se va a resolver con meras declaraciones de voluntad o anodinos cursos de capacitación a funcionarios públicos. Debe existir un compromiso mas firme por parte de nuestros gobiernos, orientando todo el aparato estatal a ponerle fin a la mayor violación histórica de derechos humanos en todo el mundo. Hasta que no se logre ese objetivo, hablar de progreso es una falacia.

La milenaria bestia asesina no es una abstracción. Es un hombre de carne y hueso, con nombre y apellido, que hoy está golpeando, violando y asesinando a una mujer. Es producto de miles de años de discriminación estructural, de creencias religiosas, de una sociedad sostenida diariamente sobre una relación de poder desigual entre hombres y mujeres, de la indolencia de los gobiernos y, sobre todo, de la colosal impunidad que le permite a la bestia estar en libertad para planear el asesinato de las mujeres que mañana morirán bajo sus garras.

Elie Wiesel, premio Nobel de la paz y sobreviviente de los campos de concentración, nos recuerda: "Debemos ver en cada persona un universo con sus propios secretos, sus propios tesoros, sus propias fuentes de angustia y con cierta medida de triunfo".

Diariamente, miles de hombres destruyen brutalmente esos universos secretos y maravillosos, soñados por miles de mujeres, mientras nuestros gobiernos y gran parte de la sociedad lo aceptan anestesiados.

Ni Una Menos, el grito inagotable de todas las madres y padres de América latina, debe retumbar con bronca arrolladora en todos los oídos de nuestros gobernantes, para ponerle fin a la silenciosa complicidad asesina y para que el desgarrador no, no, no de Claudina Isabel y miles de mujeres más, nunca más se vuelva a gritar.