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Newell’s estuvo cerca, pero Sosa se lo negó y fue empate sin goles

Newell’s no pudo romper con la tendencia adversa en los clásicos pero fue más y el empate 0 a 0 dejó a Central más lejos de la pelea por el título, porque quedó a 5 puntos de los líderes.

Lunes 25 de Abril de 2016

A uno le urgía ganar para quebrar una tendencia. El otro necesitaba triunfar para conservar el anhelo de seguir peleando el título hasta las últimas consecuencias. Para ambos, una exigencia. Pero fue empate. La tendencia no se quebró. Y la ilusión se postergó. Newell’s no pudo vencer a Central en el décimo clásico consecutivo. Central tampoco supo ganarle a Newell’s para mantener el protagonismo en el torneo.
  Pero las paridades dejan sensaciones. Las que orientan los análisis. Las que en esta ocasión tiñen a la conclusión con un color rojinegro. Porque pese a la falta de equivalencias en sus actualidades, el equipo de Osella protagonizó el partido con determinación ante un inexpresivo conjunto de Coudet.
  Fue un clásico intenso. Pero sin atractivos. Por momentos ordinario. De a ratos muy denso. Más charlado que jugado. La ansiedad y los nervios se hacían trampas en forma constante.
  A Newell’s le demandaba mucho sacrificio construir. Tal vez Central tenía herramientas para hacerlo en menos tiempo. Pero no construía. Y en el medio de la obra sin terminar estaba Fernando Rapallini, un árbitro con fueros parlamentarios a quien desde el minuto inicial sólo le importó terminar el partido, por eso cuanto más habló y demoró, más cómodo se sintió. Aunque el reglamento indicara lo contrario en ciertas situaciones.
  Newell’s mostró temple y coraje. En la previa porque supieron superar los tiempos violentos y en el partido porque actuaron con decisión y orden para equiparar la diferencia coyuntural.
  Central no jugó acorde a sus cualidades. Su rendimiento bien puede ubicarse en uno de los más bajos del ciclo del Chacho. Fue un equipo que mixturó confusión y lentitud, haciéndose previsible y hasta ingenuo.
  Por eso Sebastián Sosa se vistió de figura. Fue el actor de todas las jugadas de riesgo. Despejó remates con destino de red a Lucas Boyé, Maxi Rodríguez y Nacho Scocco. Aunque el envío que le sacó a la Fiera fue excepcional.
  Los rojinegros empujaron sus limitaciones con mucho ímpetu y si bien no alcanzó para ganar, sí bastó para dejar en evidencia el declive de las individualidades y el juego colectivo canalla.
  Porque Newell’s estuvo a la altura del compromiso. Disimuló lo que no tiene potenciando la entrega y la solidaridad. Y también la osadía. Porque Fértoli fue uno de los más atinados para avanzar y Elías el que siempre trató de compensar en el medio.
  En cambio Central distó de aquel que asomaba como aspirante al título, tanto que estuvo desconocido. Es cierto que padece del mal de ausencias que diezmó la capacidad colectiva, pero también es verdad que ayer hasta aquellos denominados diferentes y necesarios quedaron envueltos en la intrascendencia.
  Las declaraciones de Osella y Coudet son el corolario de un clásico más. Uno revitalizado por la actuación de sus dirigidos. Por eso aludió a una hipotética subestimación a su trabajo. Y el otro con los argumentos descriptivos de las bajas padecidas, las que utilizó de fundamento para analizar esta postergación en el torneo, aunque el calendario le impone el reto de los octavos de la Libertadores.
  Más allá del magro empate, de que Newell’s hace más de 600 minutos que no le hace un gol a Central y de que los canallas quedaron lejos en el torneo, siempre queda una sensación predominante.
  Por eso, cuando Rapallini pitó aliviado la culminación del partido incluso antes de cumplir el tiempo agregado, la escena final encontró a los hinchas leprosos cantando sobre la imposibilidad de salir campeón de Central, al tiempo que desde algunos sectores aplaudían a sus jugadores porque pusieron todo para ganar, aunque no hayan podido.
  Ahora será cuestión de que la minoría violenta e interesada en dividendos espurios entienda que en el fútbol se gana con goles y no con balas, porque aunque ya hayan hipotecados sus vidas, no tienen derecho a hipotecar la de un clásico que se mantiene vivo gracias a la pasión que despierta en una ciudad que quiere jugarlo y que necesita que las instituciones lo garanticen. Por eso la mejor postal fue ver a todos los jugadores saludarse tras igualar. La mejor síntesis de lo que siempre debe ser.

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