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Newell's: El dolor de ya no ser en la Libertadores no debe derrumbarlo todo

Ahora más que nunca se impone no dejarse arrastrar dócilmente por el tremendismo de la eliminación. Tampoco debe derrumbarse todo por la ciénaga de este adiós a la Copa Libertadores que...

Jueves 11 de Julio de 2013

Ahora más que nunca se impone no dejarse arrastrar dócilmente por el tremendismo de la eliminación. Tampoco debe derrumbarse todo por la ciénaga de este adiós a la Copa Libertadores que se clava como un puñal en el corazón de cada hincha de Newell's. Sería realmente injusto caer en ese terreno porque no se consiguió el objetivo tan deseado. El equipo de Martino estuvo a minutos de lograr el pasaporte a la final de la Copa Libertadores. Estuvo a un remate, el de Casco o el de Cruzado, eso ya poco importa, porque lo cierto es que esos malditos penales esta vez le dieron la espalda. Fueron flechas que desangraron a un equipo que no merecía atravesar por ese martirio. Ya era suficiente con lo que había vivido con Boca en el Coloso por los cuartos de final. Encima, justo el disparo de Maxi Rodríguez le tiró tierra a la ilusión. Así es el fútbol. Contra Boca, con la Fiera el equipo fue al paraíso. Anoche, al infierno.

No pudo ser y la verdad es que no hay una manera de perder. Pero hacerlo con la dignidad con la que lo hizo Newell's en Brasil también dignifica. Golpea hasta lo más profundo, pero no debe pasar ese límite que impone este deporte. Porque este grupo no merece que se borre con el codo todo lo bueno que escribió con los pies.

Siempre estas grandes frustraciones sólo son posibles cuando una inmensa alegría se contrapone a una profunda tristeza. Y en ese ascensor de sensaciones, Newell's se llevó la peor parte. Porque se termina un ciclo brillante de la mano de Gerardo Martino. Anoche fue el último partido del Tata como DT leproso (y todo parece indicar que también el de Gabriel Heinze). Si con alguien la diosa fortuna de los penales no debía ser injusto era con él. Si alguien no tenía que soportar la humillación del goce ajeno era Martino. Por más que su equipo anoche no jugó como él seguramente lo planteó en el vestuario. Igual, su proceso lleva la oblea pegada del reconocimiento.  
Newell’s no pudo dar el campanazo en Belo Horizonte y los huesos le dolerán durante un buen tiempo por este resultado que no resiste ni el cicatrizante de las palabras. Por eso estremece ver la imagen de Heinze, Mateo, Bernardi y Scocco, todos gladiadores de mil batallas, con la mirada en el césped del Independencia y con sus caras surcadas por la eterna amargura. También conmueve el llanto de Cruzado y esa búsqueda de explicaciones que ensayó Guzmán mirando el cielo cuando Víctor le atajó el penal a Maxi. 
En realidad, la noche arrancó torcida para Newell’s. Los malos augurios se fueron encadenando uno tras otro, sin pedir permiso. Primero fue el puñal tempranero de Bernard que descalibró el plan inicial de sosegar el trámite con el auxilio del reloj. Luego vino la lesión de Heinze. Justo él, uno de los más preparados para moverse en el barro de estas batallas coperas. Se notó que su salida gravitó en el ánimo. La defensa se quedó sin la locomotora a la que se engancha el resto para sostener un resultado o  capear en medio de un temporal.
Encima, Newell’s sufrió horrores porque nunca tuvo su principal alimento para vitaminizar su juego: la pelota. En el primer tiempo lució martirizado. Se dejó llevar por un estado de dejadez que Mineiro agradeció. Recién en el segundo salió del ahogo, pero el gol de Guilherme descompensó todo. Llevó una ventaja de dos goles al sufrimiento de los penales. Y ahí ya es historia conocida.
El sueño copero de llegar a la tercera final de la Libertadores se le escurrió como agua de las manos a Newell’s. Un golpe como el de anoche siempre deja huellas  que viven y a veces se reproducen en el tiempo. Por más que haya sido con entereza y dignidad futbolística, no hay consuelo que valga para procesarla.

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