Navegando a la deriva
 El título de esta carta casi pareciera referirse a algún cuento del sufrido escritor uruguayo, Don Horacio Silvestre Quiroga Forteza. Pero no es un cuento. Es una realidad.

Lunes 14 de Abril de 2014

El título de esta carta casi pareciera referirse a algún cuento del sufrido escritor uruguayo, Don Horacio Silvestre Quiroga Forteza. Pero no es un cuento. Es una realidad. Una realidad que la comenzamos a sufrir todos y cada uno de los cabales ciudadanos que día a día intentamos, desde nuestro lugar de trabajo, seguir sosteniendo un hogar, una familia, una República, mientras la delincuencia hace estragos destruyendo la paz social y burlándose descaradamente de una Justicia abúlica y quijotesca. Verdaderamente da pena. El tema no es debatir si debe o no existir la justicia por mano propia, porque la realidad marca que ella existe en tanto y en cuanto la otra, "la cieguita", siga haciendo la plancha y continúe desprotegiendo al ciudadano. Son vasos comunicantes. Una se repliega y automáticamente nos encontramos que la otra avanza. Sin anestesia de ningún tipo. Resulta estéril preguntarse si está bien o mal. Lo que nos debe preocupar es por qué el Estado no logra advertir esto. Por qué lo soslaya. Por qué tiene conductas suicidas. Por qué no es actor y sigue siendo espectador. Por qué peca tanto por omisión. Si no se toma al toro por las astas el país va hacia un callejón sin salida. Va hacia una guerra civil. Nos guste o no. No se puede ser blando con la delincuencia. La prueba está en las calles. En el día a día. No filosofemos. Actuemos. Queremos una Justicia garantista de los ciudadanos decentes, no de los delincuentes. El Estado organizado es una creación del hombre. Su voluntad creadora es la causa fuente del mismo y le otorga luego el poder necesario para que este le garantice la paz social, para así posibilitar el desarrollo integral de cada persona. Ergo, si un Estado no sabe o no puede garantizar la paz social, carece de toda legitimidad y el mandato oportunamente otorgado retorna necesariamente a su pueblo, quien ejercerá por derecho propio el poder antes otorgado. Queremos un país con democracia en serio. Necesitamos una República con normas severas que castiguen los delitos. Queremos vivir en un Estado de derecho pero también de obligaciones. Que no existan más hijos y entenados. Necesitamos una Justicia recia que haga cumplir implacablemente la ley. Sólo si nos hacemos esclavos de la ley podremos ser un pueblo libre, digno y feliz. Si el Estado no reacciona apropiadamente, en tiempo forma, para salvaguardar los derechos de sus propios ciudadanos, contra la dantesca inseguridad que nos devora a diario, carecerá entonces de legitimidad alguna para luego cuestionar el accionar popular y legitimará con su inoperancia cualquier conducta asumida por la comunidad en resguardo de sus legítimos intereses.

Jorge Enrique Yunes