Domingo 27 de Julio de 2014
Los deslizamientos producidos en Brasil en enero de 2011 no fueron, lamentablemente, una novedad en la región donde ocurrieron. En febrero de 1988, una avalancha de piedras y barro produjo en Petrópolis (una ciudad perteneciente al estado de Río de Janeiro) la destrucción de 500 casas, 134 muertos y 300 damnificados. Se supo entonces que 10 años antes la Federación de Ecología y Medio Ambiente había advertido al gobierno estatal que la eliminación de bosques y la construcción de casas en las laderas de Petrópolis podría originar, a raíz de fuertes lluvias, avalanchas como la que finalmente se produjo con ese luctuoso saldo. El desafortunado suceso hizo comprender a mucha gente que las organizaciones ecologistas no estaban constituidas por individuos fanáticos, fantasiosos, alarmistas o delirantes, sino por hombres y mujeres estudiosos, preocupados por las consecuencias que producen las alteraciones provocadas a la naturaleza, que si es agredida se toma venganza. A partir de la triste experiencia sufrida por esa ciudad brasileña, comenzó a prestarse más atención a las señales de alarma emitidas por algunas organizaciones que son atentos vigías en el barco del medio ambiente, avizorando cualquier contingencia que pueda hacerlo zozobrar. Y así, la necesidad de mantener en la mayor medida posible la inalterabilidad del planeta, fue dejando de ser algo exótico para pasar a ocupar el lugar de las decisiones inteligentes e impostergables. La progresiva deforestación y contaminación del aire, napas, lagos y ríos; la caza y la pesca indiscriminada, así como los desechos radioactivos, son peligros no ya potenciales sino concretos para la extinción de las especies y el deterioro de nuestra propia vida. Tomar conocimiento de los riesgos que acechan al sistema natural es pensar en ellos; y pensar es interesarse en las posibles soluciones. Esas soluciones se debaten en las grandes “cumbres” internacionales cuyos resultados no han sido todo lo satisfactorio que se esperaba, porque los intereses monetarios de algunos países altamente industrializados son más poderosos que los del bien común del mundo. Se acrecienta día a día la cantidad de personas que van dejando de considerar estos temas, como simples cuestiones de moda de las que hablar queda bien. Cada vez son más los que sienten que es su hábitat, y ahora mismo el que está desangrándose; y son menos, felizmente, quienes desconocen esa degradación. Nadie debe creerse inmune a las perjudiciales modificaciones ambientales que atentan contra la salud y comprometen la existencia; ni los propios responsables desde luego. Para defender las condiciones naturales hay un frente de lucha (formado por prestigiosas instituciones), que tiende a crear una conciencia planetaria que ejerza una decisiva presión sobre los omnipotentes jerarcas cuyas sensibilidades se desvanecen en las brumas del clima económico. Un frente que va consolidándose al ir sumando voluntades permanentemente, tras el objetivo de resguardar nuestro legítimo derecho a disfrutar de una naturaleza menos contaminada, menos agredida, y de no ser víctimas de su inexorable respuesta vengativa.
Edgardo Urraco
Boletas que llegan con demora
Desde hace tiempo, algunos servicios públicos como Aguas Santafesinas y Litoral Gas, la Tasa General de Inmuebles (TGI) o impuestos provinciales como el API no llegan a los domicilios en tiempo y forma, por lo que los usuarios deben ir a los distintos lugares para retirar o hacer reimprimir sus boletas, a pagar supuestamente con el recargo correspondiente. Numerosas veces ante los reclamos hechos a estas entidades, la respuesta es la misma: “la culpa es del Correo Argentino”. Me pregunto si esto es cierto, ya que casi ninguna de estas facturaciones tienen impresos los matasellos de este correo ni de ningún otro, es decir que son repartidos por personas contratadas por los sistemas mencionados. ¿Por qué llegan tan retrasados o directamente no lo hacen? ¿Es una manera de recaudación más, envuelta en la culpabilidad del Correo, y así pagamos todo con recargo? Los que abonamos con home banking por ejemplo tenemos la posibilidad de hacerlo en las fechas indicadas porque lo vemos en pantalla, pero supongo que un jubilado o cualquier otra persona no dispondrá de una computadora o de un home banking. Alguien debe hacerse cargo de estas anomalías y dejar de seguir robándonos todavía un poco más.
DNI 12.804.051
Messi no es una máquina
Aunque uno sepa poco o nada de fútbol, puede obviamente opinar cuando ve un partido, pone atención y objetividad. El hecho de haber salido subcampeón, no implica tirar por la borda tanto sacrificio de todos sus integrantes y desde diferentes aristas. El hecho de endiosar a Lionel Messi, como tiempo atrás se hizo con Diego Maradona, es peligroso. A ellos los confunde y les añade responsabilidades extras muy pesadas. Desde ya no son máquinas, sino personas como todos y se les crea una sobrecarga que es densa y realmente difícil. Es duro para ellos aunque no siempre lo manifiesten abierta o asiduamente. Creo que todos debemos asumir, seamos o no destacado en el área que sea, que somos imperfectos y finitos; aún poniendo garra, responsabilidad y pasión. Esto sin sumar la suma vocación personal. Es tiempo de que aceptemos algunas realidades y comprendamos este y otros temas con similares características.
Nora Cardarelli
DNI 14.510.012
Fútbol para todos, dinero para pocos
Hace varios días que concluyó el Mundial de fútbol y luego de tanto seudopatrioterismo impulsado en forma perversa por los medios de comunicación y también funcional a la política doméstica, que con una hipotética victoria argentina en la final se lograra enmascarar tantas deudas crónicas y sistémicas que en tantos rubros el Estado debe a los ciudadanos que cumplen cotidianamente con sus obligaciones, y por ende tantas calamidades toleramos con resignación. El fútbol es una actividad entre privados. ¿Cuántas prioridades tiene que asumir el Estado argentino antes que solventarlo, haciéndose cargo de las malas administraciones gestionadas por los dirigentes de los clubes de fútbol? El relator uruguayo Víctor Hugo Morales, ferviente adherente al relato del gobierno nacional, calificó a los integrantes del seleccionado alemán como “nazis asquerosos y enfermitos” por el festejo esbozado a la llegada a su país luego de ganar la Copa del Mundo. De mi parte lo catalogo como un gesto inofensivo. ¿No es una actitud nazi cobrar a Telesur un contrato vigente durante el Mundial (un mes de duración) por conducir el programa “De Zurda” junto a Maradona, emitido también por la TV Pública, y que el mismo relator considera lo percibido como una cifra obscena, ante lo que ganan mensualmente la mayoría de los argentinos? Morales forma parte de un círculo minoritario altamente beneficiado por consentir públicamente tanta desigualdad en favor de unos pocos. ¿No es nazi quien se lleva una porción de esta torta millonaria llamada Fútbol para Todos? ¿Es menos nazi ser parte de un relato propagandístico con el fin de justificar, con su nombre, el desentendimiento de las obligaciones de un gobierno en retirada, que tiene a su cargo el Estado nacional? En Argentina desde 2009, por decisión del gobierno nacional, se destinan cifras multimillonarias en concepto de derechos televisivos para que la AFA en representación de los clubes que no paran de exigir financiamiento haga cash y proceda arbitrariamente. Sin contar la indemnización a Torneos y Competencias por ser propietario en su momento de los mismos y haber tenido un contrato en vigencia consentido por la AFA hasta 2020. Hoy en día y hace mucho tiempo, Argentina se encuentra cada vez más lejos de ser una potencia líder, que genere bienes y riquezas, una nación en la que sus ciudadanos se dignifiquen a partir de los valores que sí tienen muchos países como Alemania, cuyos habitantes gozan de un Estado que les garantiza una calidad de vida superlativa a partir del trabajo y los deberes que cada ciudadano cumple solidariamente. ¿Se explica tanta incoherencia ideológica e intelectual?
Alberto Arias Pesado
DNI 18.490.929
Crónica de un robo anunciado
El sábado 19 de julio a las 20.15 me tocó a mí. Estaba trabajando, acababa de entregar un pedido en un domicilio de Viamonte y San Nicolás cuando dos delincuentes a punta de pistola me despojaron de mi moto. En segundos y bajo amenaza, dos motochorros se llevaron mi herramienta de trabajo. El desenlace de esta historia tan repetida fue el de siempre: se dio aviso de inmediato al 911, la policía llegó tarde, los ladrones no fueron atrapados y la moto no fue recuperada. Algún desprevenido pensará que se trató de un caso aislado, que con la llegada de Gendarmería disminuyeron los delitos. Nada más errado. En la compañía de seguros me informaron que están recibiendo un promedio de cinco denuncias diarias de robos de motos, casi todas a mano armada. Y estoy tomando como referencia a una sola aseguradora. ¿Y si sumamos las otras? ¿Y las motos robadas que no tienen seguro? La realidad es muy distinta a lo que nos quieren hacer creer. A Gendarmería sólo se los ve patrullando en las principales arterias de la ciudad, ¿y el resto de las calles? Lo mismo pasa con los promocionados operativos, de los que puedo dar fe. Fui parado al menos 10 veces y siempre en avenidas o bulevares (Avellaneda, Oroño, Ovidio Lagos), ¿y el resto de las calles? La respuesta es obvia para todos, menos para los ineptos que planifican y desarrollan todo esto: el resto de las calles es vía libre para los delincuentes. Allí podrán hacer a su antojo y nunca serán atrapados, sólo tienen que tener la precaución de no tomar alguna arteria principal.
Diego González Fernández
DNI 25.750.456
Perplejidad e indignación
Las palabras resultan insuficientes para expresar nuestra indignación y perplejidad frente al baño de sangre que en el presente se está perpetrando en Medio Oriente. Concretamente no podemos callar o permanecer indiferentes cuando observamos las patéticas imágenes de restos de seres humanos destrozados por bombardeos y metralla. Cuando no respetan siquiera las instalaciones hospitalarias y se han aniquilado más de 600 vidas, para nosotros ciudadanos del mundo como nos sentimos, no importa la religión u origen étnico de las víctimas, son vidas humanas destruidas. La prepotencia estatal que despliega su maquinaria destructiva merece nuestro rechazo y mucho más cuando busca coartadas ideológicas como fundamento, “soberanía”, “espacio vital” o lo que sea, sólo son argumentos para matar. En tanto en el mundo financiero y en los directorios de las corporaciones y complejos industriales militares se friccionan las manos porque los dividendos aumentan en simultáneo con las carnicerías bélicas contemporáneas. El Estado israelí, el grupo Hamas, los separatistas ucranianos, el poder del Kremlin, los agentes de la Otán o la Casa Blanca norteamericana y sus esbirros artillados, cualquiera sea el nombre de los matadores lo único cierto y real son los muertos que cada día se cuentan por decenas o por cientos, sólo para salvaguardar los intereses de los privilegiados y poderosos del Planeta. Perplejidad e indignación, más no indiferencia y pasividad es lo que nos impulsa a escribir estas líneas.
Carlos A. Solero