Domingo 15 de Julio de 2012
Juan Román Riquelme es un extraordinario jugador de fútbol que le ha dado muchos títulos a Boca, como lo han hecho también Palermo, Córdoba, Battaglia, Abbondanzieri, Serna, Bermúdez, Guillermo Barros Schelotto y muchos más. Juan Román Riquelme es, sin dudas, un jugador distinto, y debiera estar al borde de la locura para negarlo. Todo hincha de Boca le agradecerá de por vida lo que le dio, pero todo eso no lo autoriza a ubicarse por encima de Boca. Boca era grande antes de Riquelme y seguirá siendo grande después de Riquelme. Su talento futbolístico no le da derecho a intentar desestabilizar al técnico de Boca, su enorme capacidad no lo habilita para decidir quién debe viajar o no con la delegación. Porque Riquelme fue contratado para jugar al fútbol y se le pagó muy bien por eso. Riquelme tuvo enfrentamientos con Val Gaal en el Barcelona, con el ingeniero Pellegrini en el Villarreal y ahora con Falcioni, en Boca. Conoce la devoción que le profesa la hinchada de Boca, y utiliza esa ventaja para presionar, sabiendo que tiene un as en la manga para jugarlo contra quien se le cruce en su camino. La idolatría perdona actitudes irrespetuosas, cosa que puedo llegar a entender, pero no comparto. La soberbia de Riquelme, puesta de manifiesto en declaraciones, en gestos, en actitudes, empaña las maravillas que pueda hacer en una cancha de fútbol. Seguramente muchísimos hinchas piensan lo mismo, e incluso muchos periodistas, pero pareciera ser que algunos nombres son intocables, y transitan sin críticas ante el silencio de una parte de la prensa deportiva que navega por el mar de la sumisión y la obsecuencia. Riquelme es un excelso futbolista que le ha dado muchísimo a Boca y que, curiosamente, en los últimos tiempos le ha hecho daño. Nadie es perfecto, ni siquiera Riquelme. Y Boca es infinitamente más importante que Riquelme y que cualquier ídolo que haya vestido su gloriosa camiseta
Carlos Barulich
DNI 8.375.619