Murciélagos
Parecen fantasmas en la noche. Apenas se hacen notar como una sombra fugaz que atraviesa la mirada perdida entre las ramas de los árboles cuyas hojas empiezan a amarillear, a ponerse mustias anticipándose al inicio formal del otoño en la ciudad.

Miércoles 12 de Abril de 2017

Parecen fantasmas en la noche. Apenas se hacen notar como una sombra fugaz que atraviesa la mirada perdida entre las ramas de los árboles cuyas hojas empiezan a amarillear, a ponerse mustias anticipándose al inicio formal del otoño en la ciudad. En un segundo vuelo rasante cerca de la lámpara de alumbrado público el murciélago se hace visible.

A primera vista, el ratón alado sigue una trayectoria errática, imposible de anticipar, pero una mirada más atenta permite ver que sigue un momentáneo patrón de evoluciones varias veces, antes de cambiar de curso para seguir con otra breve rutina.

Sus alas membranosas, a contraluz de las lámparas, en una visión rápida, muestran una extraña y aterciopelada belleza marrón grisácea. Cuando está en reposo, retraído, apenas pasa de un manchón oscuro y se hace patente la aversión que despierta al asociárselo con sus primos hematófagos transmisores de la rabia y otras calamidades. Pero en vuelo es otra cosa, las gráciles volteretas que despliega hacen olvidar rápidamente cualquier prevención, al menos mientras esté lejos.

Su radar le permite evoluciones muy violentas para evitar obstáculos y así se lo puede seguir por varios minutos hasta que, tan de repente como apareció, se desvanece en el aire. Un animal que es objeto de un sinnúmero de prejuicios, de miedos infundados, se redime con sus fantásticas evoluciones que concreta a pasmosa velocidad en vuelo silencioso.

Ni siquiera el personaje de historieta, paladín de una justicia esquiva que recorre las calles de una ciudad imaginaria, ha logrado que se le tenga una mirada un tanto más benévola. Y sin embargo, en la mayoría de los casos es mucho menos peligroso que el animal de dos patas que tanto le teme.