Miércoles 09 de Diciembre de 2009
Me levanto todos los días temprano por la mañana y en las tres cuadras que me separan de mi trabajo en el Tribunal, voy pensando siempre que ese día seguramente podré hacer algo por algún ciudadano de esta provincia. Dedico horas de esfuerzo a cada expediente que pasa por mis manos; es que aunque suene trillado, para mí detrás de sus fojas y en cada declaración no hay meras palabras escritas y artículos de códigos, hay personas que esperan alguna respuesta. Y a eso se suman mis estudios, mi familia, mi noviazgo y mis amigos. Muchos creen que me sacrifico demasiado a veces, pero si lo hago es porque hay un solo objetivo, hacer un poco de justicia (en la proporción que le cabe a mi tarea). Y así como yo, cientos de empleados, mis compañeros de Juzgado, jueces y secretarios, personas que con una misma vocación intentan ayudar a los justiciables que día a día concurren al Tribunal para encontrar soluciones. Desconozco las cuestiones políticas que subyacen en las reiteradas declaraciones de distintos sectores de la sociedad sobre la administración judicial en los últimos días, es más, quizá no haya ninguna cuestión oculta, y sean sólo reflexiones. Pues bien, esta es mi reflexión, la de una empleada que ama el lugar en el que trabaja, y no por las supuestas "comodidades" de ser empleado público, sino porque me da la posibilidad de lograr un cambio, aunque mínimo, en lo que a mí compete. El funcionamiento de la Justicia es el fiel reflejo de lo que nos pasa como sociedad y no creo que todo sea tan malo y nefasto en ella. Errores existen en todas las esferas laborales. Malos empleados y administradores también. No digo que el Poder Judicial sea la excepción tampoco, pero no es el único y absoluto responsable de las desgracias que social, política, económica y moralmente nos acontecen como argentinos. Insisto, todos los que hasta ahora han hecho escuchar sus voces deben seguramente tener sus motivos. Como yo, escribiendo lo que escribo, tengo los míos. ¿Cuáles son mis motivos? Gritar a cuatro vientos que dejemos de caer en la actitud permanente (y no ingenua) de generalizar, de desprestigiar, de criticar sin fomentar y proponer alternativas. ¿Es que no nos damos cuenta que durante años tuvimos esas conductas y todo sigue más o menos igual? La Justicia no es la panacea de todos los conflictos ni el juez un padre de familia que castiga a sus hijos rebeldes. Vivimos en una sociedad en la que nos es muy difícil asumir nuestros propios problemas y en ocasiones somos incapaces de solucionarlos porque simplemente no deseamos enfrentarlos. Tengo confianza en la buena gente de este país que por suerte es mayoría, aunque silenciosa… Escuchemos y mostremos también lo bueno, es una manera de construir y mirar al futuro. No es una fantasía creer que se pueden hacer mejor las cosas…
María Dolores Casalegno, dolorescasalegno@hotmail.com