Sábado 26 de Marzo de 2016
La historia del chamamé en Rosario está aún por ser contada. Sobran las conjeturas acerca de por qué, hace más o menos setenta años, en el sur de la ciudad se afincaron un montón de hombres y mujeres que venían de Chaco, Entre Ríos, Corrientes y el norte de Santa Fe. Ese proceso migratorio movilizado por necesidades económicas, razones culturales o cuestiones afectivas hizo que en esas orillas del Paraná, donde desemboca el arroyo Saladillo, confluyeran algunos nombres que con el tiempo serían célebres: Ramón Merlo, Tarragó Ros, Tránsito Cocomarola, Emilio Chamorro. El chamamé fue la música de esa migración. Fue la religión compartida de los que habían llegado y a la vez la mano que acariciaría y transformaría, en los años siguientes, la ciudad que la había recibido.
Omar Merlo, alias el Monchito, es hijo del citado Ramón. Acordeonista, músico increíblemente prolífico -tiene 62 años, cuarenta y cuatro discos publicados, y un promedio de veinte shows por mes-, el Monchito se dispone a evocar momentos de su historia personal y de su vida cotidiana. Su testimonio, apasionado, errático y fragmentario, por momentos parece esencial: él es parte de esa segunda generación de chamameceros, la que articula el pasado glorioso de los padres fundadores con el futuro de una música que ya se hizo un lugar en cl corazón de millones de argentinos. Construir la memoria histórica del chamamé en Rosario recibe, con el testimonio del Monchito, algo más que un grano de arena.
Rosarino sureño de pura cepa, el Monchito mira ahora por la ventana del Bar Lido, en el barrio La Tablada, la gente que pasa, los autos que cruzan la avenida San Martín. Mientras mira, cargado de una paz que además transmite, habla de sus afectos. Lo mismo hace fervorosamente cuando toca, sólo que ahora no tiene pegada a su pecho el acordeón de tres hileras y ochenta bajos. Ahora bate la espuma del cortado que el mozo le ha traído y pulsa sus recuerdos.
“Mirá qué coincidencia: estamos a cincuenta metros de donde vivía Tarragó Ros -dice-. Se vino a vivir a Rosario y se instaló en Garay y San Martín. Eso fue en los años 40; el asunto es que entonces por acá también andaban Tránsito Cocomarola, Ernesto Montiel e Isaco Abitbol. Y ellos cuatro terminaron formando parte del grupo de don Emilio Chamorro, y desde Rosario salieron al mundo...”. Así nomás, de un plumazo, el Monchito acaba de contar que, por azar y durante un tiempo, lo más granado del chamamé y la música del Litoral andaba por las calles de la ciudad.
Es el crepúsculo del miércoles, soplan las primeras brisas del otoño, y este día de la semana es el más indicado para hablar con el Monchito de cosas de la música o de bueyes perdidos, pues el jueves su panorama cambia. Los jueves él ya está con la cabeza en otra cosa: está acondicionando el transporte y los instrumentos, ultimando los detalles de la gira inminente. “Estuvimos en el norte de Santa Fe, en Olmos y Gallareta. Otro fin de semana fuimos a Feliciano, Entre Ríos, y luego a Mercedes y a Ayacucho, en provincia de Buenos Aires. Este fin de semana estamos en Rosario, en La Carpa de Avenida Perón y Rouillón; después en un local bailable en la zona norte, el domingo otra vez en Rosario y terminamos en Santa Fe capital a las once de la noche...”. Y sigue contando nombres de pueblos y ciudades de aquí y de allá. Los nombres o las semanas o los meses pueden ser intercambiables, lo mismo da. El asunto es que es la misma tradición que, aunque sujeta a los vaivenes económicos, viene mostrándose desde hace más de cincuenta años. Los de estos músicos son unos recorridos semanales que parecen interminables, empiezan jueves o viernes y acaban el domingo por la noche o la madrugada del lunes. Son cuatro, cinco o hasta seis shows por semana: bailantas, fiestas, casinos, carpas, festivales. Rara vez algún teatro.
Tonada litoraleña. La música del Litoral, con sus particularidades, se abre como un abanico de matices, pero el Monchito no duda sobre lo que más siente y quiere: “Hay hermosos valseados, rasguidos dobles, chamarritas... Todo eso es la música del Litoral, pero el chamamé es la música bastonera. Uno va a una bailanta hoy en día y escucha todo chamamé. Por ahí en algún festival de Entre Ríos se puede escuchar una chamarrita por Las Voces de Montiel o por Los del Gualeyán o por Los Chamarriteros, pero el chamamé es lo que nosotros aspiramos, lo que representa la región en la que estamos. El valseado tiene procedencia más europea, la chamarrita viene del lado de Portugal. El chamamé es más de aquí, es guaraní. Es más de tierra nuestra”.
La geografía que recorre la combi del Monchito cada fin de semana es vasta: va desde Misiones hasta Trelew, todo el Chaco, todo el norte santafesino, Entre Ríos, Corrientes, provincia de Buenos Aires, Santiago del Estero, Uruguay, el sur de Brasil, Paraguay ... Una geografía de límites difusos y cambiantes, igual que aquellos que se trazan infructuosamente para acorralar en zonas precisas la expansión del chamamé en la Argentina. El grupo del Monchito (dos acordeones, tres guitarras y un bajo eléctrico) gira como una banda de rock. O mejor dicho: muchísimas bandas de rock mirarían con envidia esos miles y miles de kilómetros de ruta y música que hace este grupo cada semana.
“El chamamé fue mi canción de cuna; el chamamé es lo que yo aspiro todos los días”, cuenta el Monchito. No le ha pesado, artísticamente, ser hijo del extinto Ramón Merlo, el incansable músico y difusor de la música del Litoral que regenteó el mítico Rancho ubicado en Rodríguez y Arijón, bien al sur de la ciudad. En ese ambiente nació el Monchito. “Arranqué a los 13 años, cuando mi padre me arma el primer conjunto, y debuto en San Nicolás. Hace unas semanas me llamó un acordeonista correntino que es integrante de los hijos de los Hermanos Barrios, unos genios del chamamé. Y este amigo me dijo que encontró el primer disco que grabé a los 14 años, hace cuarenta y siete... Aquí estoy, el cuerpo lleva todo. Toco lo que siento, y todavía siento lo que aprendí en aquellos años. Y que no me pongan una partitura: la paso volando” (risas).
¿Se puede estudiar el chamamé? ¿O es una de las tantas artes cuyo aprendizaje está en la transmisión oral, emocional, ligada más a los afectos que al intelecto? Autodidacta, el Monchito sentencia: “Esto viene desde el vientre de la madre. Mi padre era músico, yo nací bañado por eso, por la zona donde vivimos, por el Paraná... El chamamé fue mi canción de cuna, como dice un gran poeta entrerriano Héctor Abel Yedro. Me inclino por ese lado...”.
La edad de oro. La movida de los años dorados de su padre y sus amigos que evoca el Monchito, en la Rosario de los años 50, la había comenzado don Emilio Chamorro en el Estadio Millan, por entonces ubicado de Jujuy y Oroño, que era un reducto chamamecero. “Todos los que tocaban venían del norte y del Litoral -cuenta-, mi padre llegó aquí desde Tacuara Yacaré, Entre Ríos, en el año 51, Tarragó estaba desde unos años antes, Tránsito vino desde Corrientes y se casó con una rosarina y su primer hijo, Coqui, es rosarino, y bueno... estos son los padres fundadores de nuestra música y hoy son los más grandes, los que formaron y calaron hondo”.
“Entonces -se entusiasma- hablar del chamamé en Rosario resulta ser algo muy profundo. Hoy nosotros recibimos cartas y mensajes de Israel, Corea, Japón, Estados Unidos y otros países que hablan de esta música, preguntándonos cosas, enviándonos hasta versiones de temas nuestros. Y esto es hoy, ahora, en el presente. Es más: hay gente de Corrientes que quiere hacer aquí en Rosario un festival. Esto es muy serio”.
El Monchito va y viene en el tiempo, habla de hoy como si fuese ayer. Para él esos tiempos de su padre, Tarragó y compañía aún están vigentes, en tanto por estos días se verifica que trazaron un camino, un ámbito de circulación de esa música, una manera de relacionarse a través de ella. “Mi padre y los otros tocaban mucho, siempre en las ranchadas, en las bailantas. Primero fue el Millan, pero también estaban el Irupé, el Curuzucuateño, la Polonesa, el Marabú...”. Habla en broma el Monchito cuando quiere explicar la relación especial entre la zona sur de Rosario y el chamamé: “Debe ser porque yo nací ahí”, dice riendo.
Las grandes orquestas y solistas del tango tocaban en los auditorios de las radios. El chamamé no gozaba de tanto prestigio como para ocupar esa escena. “El chamamé era castigado, era música de las orillas, de gente no aceptada socialmente, era música de negros y todas esas cositas que se dicen. Eso pasó siempre... Por eso el valor de lo que hicieron por entonces mi padre, Tarragó y los otros. Una anécdota: Don Emilio Chamorro y Ernesto Montiel fueron los dos primeros chamameceros en llegar al Teatro Colón y eso fue gracias a Perón que era un fanático del chamamé; hasta entonces eso era impensable, imposible...”.
Las cosas han cambiado. Hoy en Rosario -y en el resto del Litoral- el chamamé ha sabido darse sus espacios de difusión. Muchas estaciones de radio de frecuencia modulada tienen su programación orientada exclusivamente a su difusión. “La cosa ahora ya cambió ¿Sabés qué pasa? Que después de unos años la música pasa al corazón de todos, y eso no lo pueden parar, y todo lo que quedó atrás es historia. Ahora los grandes genios nuestros son aceptados. Los que te hablé y los otros actuales: ahí están Antonio Tarragó Ros, Raulito Barboza, Rudi y Niní Flores ? Y además los oyentes saben muy bien cómo sintonizar las radios que transmiten. Eso es maravilloso. Hay un programa que hace Antoñito (Tarragó Ros) y se transmite por treinta y ocho emisoras del país. Como te dije antes: el chamamé ha llegado al corazón de todas las clases sociales, al corazón de todos”.
¿Y los jóvenes? ¿Hay buenos intérpretes de chamamé en la zona? “En Rosario hay muchos chicos que tocan muy bien, son hijos de correntinos y entrerrianos -dice el Monchito-. Hay una chica de apellido Salazar que toca el bandoneón de forma magistral; se presenta habitualmente en Corrientes, en Formosa. Y como ella un montón más. Estoy orgulloso yo mismo: mi hermano y mi hijo, que son muy jóvenes, conformaron un grupo: Mauri y Simón Merlo. Ya tienen ocho discos grabados y en Santiago del Estero son queridos y muy reconocidos, también en Entre Ríos. Brindan un chamamé más fresco”.
Aunque movilizado de un lado a otro de la geografía argentina por el fragor de su arte, Monchito sigue eligiendo el Saladillo para vivir. Nunca se alejó de esa orilla, su terruño. Y claro que ha recorrido otras culturas y países. Hasta estuvo tocando en Nueva York y Canadá durante dos años consecutivos, 1999 y 2000. Pero lo suyo sigue estando por estas calles. “Una vez don Tarragó me preguntó por qué no me iba a Buenos Aires, él había venido a mi cumpleaños de 18. Tuve hasta esa suerte, que él llegara con todo su esplendor para tocar en mi cumpleaños. Y bueno, le dije que no, que me quedaba aquí. Y hoy sigo pensando lo mismo. Es que Dios está siempre donde uno anda”.