Viernes 04 de Septiembre de 2009
El pasado 28 de agosto, en horas de la tarde, fui testigo casual de un incidente callejero ocurrido en pleno centro de la ciudad (Santa Fe y Corrientes). Tales hechos reflejaron la miseria y en menor medida una cierta dosis de sensatez, atributos que coexisten en el ser humano. El hecho desencadenante, por desgracia noticia cotidiana, fue una tentativa de robo frustrada ante la rápida intervención de vecinos y transeúntes que habían logrado detener al presunto ladrón. La actitud repudiable la protagonizaron un joven y otro peatón: el primero, aparentemente descontrolado, se empeñaba en apedrear al inculpado quien, rodeado de otras personas, intentaba protegerse con sus brazos y manos de la andanada de proyectiles que impactaban sobre su cuerpo indefenso, ataque matizado con toda clase de insultos. Al mismo tiempo, el otro agresor, aprovechando el momento de confusión, se dedicaba a patear, con calculada frialdad, la espalda del detenido. La ira descontrolada, el sadismo y la cobardía, convergieron en ese momento, enmascarándose en el derecho a la seguridad. El indicio de sensatez lo exteriorizó un tercer sujeto presente en el lugar, que a viva voz y controlando su estado de indignación, reclamó se diera parte a la autoridad policial.
E. Jorge Arévalo, DNI 10.189.789.