Martes 28 de Enero de 2014
El mundo cultural y político de México, secundado por centenares de ciudadanos de a pie, se volcó ayer al centro de la ciudad de México para despedir a José Emilio Pacheco, un poeta tan querido como admirado, fallecido anteayer a los 74 años.
El premio Cervantes 2009 podía haber sido velado en el emblemático Palacio de Bellas Artes pero, fiel a su humildad en vida, Pacheco quiso ser despedido en el prestigioso pero modesto Colegio Nacional del que era miembro y que quedó pequeño ante el alud de personalidades y lectores anónimos que se acercaban a darle su último adiós.
Su sobrio ataúd de madera reposaba en la sala de conferencias de la institución, que tantas veces se abarrotó en sus animadas charlas, y que ahora lucía llena de coronas de flores.
"Es una pérdida irreparable, un gran amigo, el humanista de las letras mexicanas, el digno sucesor de tantas generaciones de intelectuales, que se fue prematuramente", decía compungido el historiador y escritor Enrique Krauze, encargado de leer ante los asistentes un discurso en honor a su viejo amigo.
La escritora Elena Poniatowska, premio Cervantes 2013, fue de las más afligidas al recordar el "sentido del humor" y lo "fundamentalmente bueno" que era Pacheco, "un pilar de la poesía en México y de una poesía ligada a la gente de la calle, a todos nosotros, pero también una poesía muy culta", dijo.
De la calle, justamente, se acercaban centenares de ciudadanos, desde adolescentes a ancianos, para despedir al "maestro", como muchos lo llamaban.
"Desde que supe la noticia, sentí esa necesidad de despedirlo y hacerle la promesa de que hacer algo por mi país como él", dijo a la AFP Montserrat Ponsemata, una estudiante de historia de 25 años.
La esposa del también novelista, ensayista y traductor, Cristina Pacheco, confesaba visiblemente emocionada que no se pudo hacer nada para salvar al escritor, que el viernes se cayó en su habitación se golpeó en la cabeza y ya en la noche "se fue quedando dormido y se fue".
La viuda adelantó que Pacheco será incinerado porque "él no quería una tumba ni estar encerrado porque tenía claustrofobia" y, probablemente, sus cenizas se esparzan en el mar de Veracruz, donde pasó parte de su infancia.