Memorias de un ángel guardián
El 14 de febrero de 1946 un portal invisible se abrió en San Isidro (Bs.As.). Por él entró al mundo Mónica Carranza, quien se agregó a 9 hermanos de una familia vulnerable. Cuando contaba con...

Viernes 09 de Mayo de 2014

El 14 de febrero de 1946 un portal invisible se abrió en San Isidro (Bs.As.). Por él entró al mundo Mónica Carranza, quien se agregó a 9 hermanos de una familia vulnerable. Cuando contaba con 9 años de prematura madurez, su papá murió. El hogar se desintegró. Fue entonces cuando este espíritu, ejemplo de redención humana y futura depredadora de la adversidad, comenzó a trazar un surco en el infinito que devoraría su karma hasta la muerte. Vivía en la calle, refugiada en cajas de cartón. Mientras tanto, luego de la devastadora orfandad, visitaba a sus hermanos para tratar de mantenerlos unidos, ya que una disposición judicial los había repartido en distintos lugares. Llenaba su estómago con restos de comida que encontraba hurgando en contenedores de basura. Entraba y salía de distintas comisarías que por misericordia la alojaban de vez en cuando. A los 12 años fue violada. Y he aquí que esta heroína civil se llevó por delante todos los pronósticos de la psicología, la sociología y libros de autoayuda incluidos. El despojo de su dignidad no fue el argumento para causar caos en la sociedad, consumir drogas o venderlas, robar, prostituirse, asesinar, justificar derecho para decir cualquier cosa frente a un medio televisivo o radial y odiar, odiar hasta el fin. Pero la dualidad humana suele sorprendernos cuando el instinto primitivo es misteriosamente doblegado, ya que el alma liberada es eficazmente creativa porque se abastece de la fuente original. Sale de su sepulcro e ilumina todo. Así fue como Mónica comenzó construir en el desierto. Levantó edificios de contención y oasis de esperanza. Cobijó a indigentes, construyó sin subsidio del estado un comedor para llenar diariamente 1.500 estómagos, hogar para niños abandonados, taller de costura, hogar para madres solteras, espacios para deportes y todo lo que la divina providencia le proponía. En uno de esos tantos días, donde la multiplicación de panes y peces era una copia constante del evento bíblico, apareció en el comedor el hombre que la violó. Ella lo reconoció. El no. Esta antagonista del rencor, versión remozada de "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", le sirvió el plato de comida que pidió y luego otro más. Después se retiró sin decir nada, sin darse cuenta que había sido partícipe de un episodio de magistral redención humana. Luego, pasado el tiempo, el amor de un hombre y sus hijos después, untaron con miel sus llagas. Ignoró prejuicios sociales. Se enfrentó a torpes con poder y desplegó su capa de lidiar ante cada embestida. Murió un 28 de diciembre después de haber muerto y resucitado tantas veces, víctima de un cáncer de útero. Yo creo que no hubo enfermedad maligna… sólo fue el agotamiento de sus células cansadas de parir tanta luz. ¡Lástima morocha que no dejaste el llavero mágico que usabas, para cerrar infiernos y abrir paraísos!

Roberto Luis Taltavul