Viernes 20 de Marzo de 2009
El 24 de marzo de 1976 fue un día destemplado por varias razones, la baja temperatura otoñal era acompañada de un cielo amenazante y encapotado. Desde la madrugada las radios emitían el primer comunicado de la junta militar anunciando el relevo de la presidenta Martínez de Perón, e instaban a la población a permanecer en sus hogares expectante de los anuncios. Ese día la selección nacional de fútbol jugaba bajo la nieve con Rusia y el arquero Hugo Gatti lucía pantalones largos. Mientras las fuerzas conjuntas de militares y policías continuaban la cacería de delegados gremiales y militantes políticos, una masa silenciosa de espectadores observaba con atención las alternativas del partido Rusia-Argentina. En las pantallas, el escudo del Proceso de Reorganización Nacional con el sable, el ancla y las alas superpuestas con una antorcha era el telón de fondo para las torvas figuras de los comandantes armados. La mayoría de los principales dirigentes políticos hicieron mutis por el foro ante la irrupción cuartelera, el secretario general de la CGT Casildo Herrera anunció que "se borraba" y así ante la pasividad de muchos instauraron uno de los experimentos más siniestros de ingeniería y exterminio social del que se tenga memoria en la historia contemporánea. Videla, Massera, Agosti, mascarones de proa de un proceso de desestructuración social que aún persiste, de la desindustrialización y el empobrecimiento planificado, del fenomenal endeudamiento externo de las empresas públicas. Martínez de Hoz, el de la Sociedad Rural, el descendiente de los traficantes de carne humana, esclavistas en el siglo XIX. Junto a esta cohorte llegaron los censores de películas, los quemadores de libros y personas, los capellanes consoladores de espíritus de los que arrojaban disidentes políticos dopados al mar. Siete años bastaron para ejecutar un siniestro plan que dejó sus herederos y sus marcas, que destruyó la escuela y la salud pública, que sembró el terror a la participación en cuestiones sociales. Es preciso no olvidar que los militares no estuvieron solos, muchos civiles acompañaron a los dictadores. A treinta y tres años continúan sin aparecer treinta mil detenidos- desaparecidos por razones gremiales y políticas. Las brumas no han logrado borrar nuestra memoria, alerta y en vigilia.
Carlos A. Solero (miembro de APDH-Rosario)