Martes 19 de Marzo de 2013
Inevitablemente debemos ocuparnos de temas que sólo deberían existir en los sueños. Pero no, una vez más tenemos que hacer hincapié en acontecimientos que por sus características tocan las fibras más íntimas de nuestro corazón. Recientemente, el intendente de una localidad vecina a Rosario, verborrágico él, moviliza en especial a los formadores de opinión y, particularmente de la televisión, quienes instalan una escena pre elaborada de debate, en mi modesta opinión, sin aportar nada positivo para la solución del problema. Una constante: consenso y disenso. Sí, hasta hay quienes participan en el escenario circense que se enojan. Los que somos ciudadanos de bien nos merecemos una calidad de vida que se corresponda con nuestra cultura, con nuestra idiosincrasia. Expresó el lord mayor de aquella ciudad, una frase que para ley se constituye lisa y llanamente en incitación a la violencia, agravada en este caso por su carácter de funcionario público. Qué incongruencia, el que reclama una salida terminante, exclusiva por excelencia, es censurado y, de aplicarse la ley, se lo juzgaría por ello si es que no se rectifica de sus dichos. Pregunto: ¿aquel que reclama justicia a su modo, sí? ¿A la caterva de facinerosos no, en la medida que fuera de desear? Huelgan la palabras. Otra: ¿cómo se puede consolar a víctimas y/o familiares de hechos aberrantes? ¿A nadie de los que se arrogan el derecho de defendernos, políticos en el poder, se les ocurre la toma de medidas heroicas a propósito de erradicar esta miserable manera de crear zozobra entre la gente de bien? Harto sugestivo. En su momento no se arrancó de cuajo la prostitución a cargo de organizaciones creadas a tales efectos y expuestas al público como cualquier mercancía. ¿Y qué podemos decir de la abrupta eliminación de la mafia en Rosario, luego del secuestro y muerte del joven Abel Ayerza? ¿Qué espera nuestra clase dirigente en todos los órdenes, para embanderarse en la lucha contra ese flagelo? No es sólo un problema del poder de turno, es un problema de todos. Se habla de crímenes de lesa humanidad durante ese negro período que ensombreció a nuestro querido país entre 1976 a 1983. En plena época de democracia, el número de víctimas de la violencia e inseguridad supera largamente la cifra de muertos y desaparecidos víctimas de aquel grupo mesiánico. No queda otra alternativa en pesar que existe una política de permisibilidad para los hechos aberrantes que van a contramano del sentido común, de escrúpulos que no se corresponden con los anhelos de paz a la que todos apelamos. Dios nos libre de desgraciados hechos que nos obliguen a recordar las palabras del cuestionado funcionario, por parte de los miopes mentales que sólo llevan agua para su molino. ¿Quién de los que padecieron o padecen la pérdida de un ser querido habrá pensado alguna vez en que se haga justicia en extremo, tal vez en la última instancia? ¿Por qué tenemos que depender de un milagro? En este particular, el cambio debe provenir del hombre. Creo que esto no resiste el menor análisis.
Oscar H. Rodriguez