Domingo 21 de Marzo de 2010
Mario Bunge ya tiene 90 años pero no se le notan. Activo e inquieto, sus ojos
claros contemplan inquisitivamente a su interlocutor. Detrás de esa mirada acecha una inteligencia
privilegiada: el filósofo argentino, que reside en Canadá, es autor de cuatro decenas de libros,
varios de ellos fundamentales, y centenares de artículos. Pero más allá de la vastedad de su
producción, Bunge es conocido por sus filosas opiniones en torno de temas múltiples que no excluyen
la vida práctica, y que ha tratado con amenidad y agudeza en numerosos artículos.
Invitado a Rosario por Defante, tradicional empresa de la ciudad que cumplió medio siglo de
vida, Bunge dio dos conferencias en el parque de España que concitaron gran interés entre los
rosarinos. Y charló con La Capital.
–Supongamos que aquí, frente a nosotros, tenemos el prototipo del argentino medio.
¿Cuáles son sus virtudes y defectos?
–Eso cambia de generación en generación. Y yo hace casi medio siglo que dejé el país:
me fui en 1963.
–Pero usted tiene una opinión formada sobre la Argentina...
–Por supuesto. Pero piense que yo vengo aquí como turista. Y los turistas tienen una
visión superficial. Y lo que me parece, siempre como turista, es que los argentinos se han vuelto
muy cínicos: no creen ya en nada, no creen que el país tenga futuro.
–¿Y por qué sucede esto?
–Parece tener que ver con que ningún partido político tiene un programa serio, ninguno
discute cuestiones de fondo, lo que se discute son simples episodios. Me he enterado, por ejemplo,
de que un senador socialista está en contra de las medidas que quiere adoptar la presidenta del
Banco Central, aunque como socialista tendría que estar de acuerdo. Y parece que la única razón por
la que se opone es porque Marcó del Pont pertenece al actual gobierno. Allí se vislumbra una
incapacidad de tomar posiciones objetivas, y eso lleva al fracaso. El político que se niega a mirar
la realidad de frente podrá vociferar e incluso persuadir, pero jamás llegará a ser un estadista.
–Uno de los grandes dramas del país de hoy es la enorme cantidad de excluidos. ¿Usted
cómo haría para reinsertarlos de manera útil en la sociedad?
–Bueno, no es fácil crear puestos de trabajo. Se podría recomendar la receta de Keynes,
que se aplicó en parte en el New Deal, durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt en EEUU:
obras públicas. Renovar la infraestructura: los puertos, los caminos, los puentes, construcción de
viviendas para los desamparados con la activa participación de los de-samparados mismos. Hay que
construir más represas hidroeléctricas. Otro ejemplo: defensa de las crecientes del Paraná, que
cada vez que crece provoca inundaciones. Yo no sé qué hay que hacer con el río, canalizarlo o
dragarlo, eso lo saben los especialistas, pero sin dudas hay que hacerlo ya.
–¿Y la educación pública?
–Es otra de las claves. Hay que tratar de que sea más práctica y menos libresca. Por
ejemplo, en la escuela secundaria yo nunca hice trabajos de laboratorio. En Estados Unidos y Canadá
los chicos hacen laboratorio de física, química y biología. Hay que recordar que a los adolescentes
les gusta usar las manos, pero en toda América latina existe un prejuicio: se cree que el trabajo
manual es para las clases inferiores. En Estados Unidos, en cambio, nunca hubo prejuicios en torno
del trabajo manual.
–Usted se refirió recién a un país cínico, que ha perdido la ilusión. ¿Y qué ocurre en
la parte del planeta a la que se llama desarrollada?
–La mayor parte de la gente es conservadora y el motivo es lógico: cambiar es difícil y
riesgoso. Pero en Francia, por ejemplo, recientemente ha perdido Sarkozy y ha ganado la izquierda,
a pesar de que como es tradicional está desunida. En Inglaterra, en cambio, el laborismo está muy
desprestigiado.
–¿Y usted no ve un Primer Mundo indiferente y cerrado sobre sí mismo?
–Se abre solamente para la libre circulación de mercancías y capitales, que es lo único
que le interesa. Claro, cuando se es poderoso se pretende total libertad de movimiento, pero la
libertad auténtica sólo existe entre iguales. Cuando las potencias son desiguales entre sí, el
único que gana es el que está arriba. Eso es lo que sucede con la globalización y el
neoliberalismo. Yo soy partidario del proteccionismo. Gracias a él Inglaterra, Estados Unidos,
Japón y ahora China se convirtieron en potencias. Recientemente, por ejemplo, India se salvó en
gran parte del tsunami financiero gracias a las medidas de protección, porque no ha adoptado la
política neoliberal. Y el único momento en que se produjo un nivel de desarrollo industrial en la
Argentina fue gracias a políticas proteccionistas. Pero ni siquiera los socialistas entendieron,
muchas veces, el valor que tiene el proteccionismo.
–¿Por qué lo dice?
–Piense en la generación de mi padre. Ellos eran partidarios del libre comercio porque
sostenían que los productos nacionales eran de mala calidad y caros, lo cual era cierto. Decían que
a la clase obrera le convenía que se abrieran las barreras aduaneras para así poder consumir mejor
y más barato. Pero de esa manera no se desarrollaba la industria, y al no desarrollarse la
industria tampoco podía desarrollarse el socialismo. Entonces, el principal enemigo de esos
socialistas era la Unión Industrial, cuando debió haber sido la Sociedad Rural.
–¿Cómo es un día en la vida de Mario Bunge?
–Me levanto temprano y contesto los correos electrónicos. Después de ducharme, me pongo
a trabajar en lo que estoy
escribiendo.
–Rigor cotidiano, entonces.
–Por supuesto.
–Y lectura sistemática.
–Sí, sí. Revistas filosóficas o sobre psicología biológica, por ejemplo. Ahora, en
muchos casos las bajo de internet.
–¿Y la actividad física?
–El clima canadiense no ayuda mucho para las caminatas, y a mi edad ya no esquío más.
–¿Ve la TV?
–Los noticieros de la BBC, siempre. Y después, los estadounidenses porque cuando se
vive al lado del elefante hay que estar atento a sus bramidos.
–¿A qué hora es la cena?
–A las 19, con mi esposa.
–¿Hace cuánto que están juntos?
–Ya son 51 años de pareja. Fue mi discípula: era brillante. Estamos hace mucho en
Canadá, donde está todo muy bien menos el clima.
–¿Me hace una lista de los libros que considera de lectura imprescindible?
–Las dos novelas que más admiro son “Don Quijote”, de Cervantes, y
“Guerra y paz”, de Tolstoi. Cuando las leí me impuse la disciplina de no superar el
límite de cinco páginas por día, para disfrutarlas.
–Como un buen vino, digamos, aunque usted no beba...
–Supongamos. Y en estos días estoy releyendo las “Novelas ejemplares”,
también de Cervantes. Y lo estoy haciendo gracias a que tengo el Kindle. ¿Sabe qué es el Kindle?
–Este intercambio de roles es interesante. Sé qué es, pero nunca vi uno.
–Le cuento: ahí adentro, en ese aparatito, caben las obras completas de Tolstoi, las de
Cervantes, las de Balzac, las de Proust...
–Pero no tienen aroma, no se pueden acariciar...
–Es verdad. Pero uno se acostumbra rápido al Kindle. Yo me acostumbré en cinco minutos.
Además, piense: en otra época, para nuestras vacaciones en Grecia, cargábamos 30 kilos de libros. Y
ahora, es menos de medio kilo. Mi mujer tiene un Kindle, también, y a veces leemos lo mismo: por
ejemplo, ahora estamos con una novela de Benito Pérez Galdós, “Doña Perfecta.” Y la vez
pasada, estaba con una novela de Pío Baroja: “Zalacaín”. Baroja es negativo, es
destructivo, y según él todos los vascos son así. No estoy para nada de acuerdo.
–¿Y en filosofía?
–Hoy día nada, salvo el viejo Aristóteles. O bien Descartes, Leibniz, Spinoza. Y de vez
en cuando, observo a los enemigos para poder combatirlos. Entonces, venciendo mi repugnancia, leo
algunas de las basuras de Heidegger o Husserl.
–Usted habla siempre de los “macaneadores”. ¿Quiénes son los macaneadores
filosóficos?
–El macaneo filosófico a gran escala empezó con los románticos alemanes. Con Hegel y
Schelling, y después con Schopenhauer y Nietzsche. Y más acá, con Heidegger o Husserl. Cuando
Heidegger define, por ejemplo, el tiempo como “la maduración de la temporalidad”. Es
como decir que el espacio es “la podredumbre de la espacialidad”. No tiene ningún
sentido. O cuando dice que el ser es “ello mismo”. Tampoco. Parecen un pozo de
sabiduría, pero son un pozo negro.
–Usted cree en alcanzar la verdad.
–Claro que sí. A pesar de que las verdades que se alcanzan con la ciencia o la técnica
son siempre parciales.
–Y esos macaneadores, ¿qué hacen? ¿Nos alejan de ella?
–Escriben, escriben cualquier cosa... La gente, antes, podía meter la pata, pero no se
empeñaba en enhebrar una palabra detrás de otra. Hegel no dijo casi nada importante, pero al menos
se ocupaba de cuestiones importantes. Los que vinieron después, ni siquiera eso.
–¿No rescata ni siquiera el Zaratustra nietzscheano?
–Cuando lo descubrí me impactó, me pareció una obra de arte... En todo caso, estamos de
acuerdo: de todos los macaneadores, Nietzsche era el único que sabía escribir.
–Volvamos a tierra. Nicolás Casullo, un ensayista argentino recientemente fallecido,
aseguraba que en América latina no hubo ningún proceso de transformación social profundo que no
haya estado vinculado al populismo. ¿Qué opina?
–Eso es un poco engañoso: el populismo es la apariencia de que el pueblo está en el
poder, cuando de hecho no lo está. Pero por otra parte es cierto que algunos movimientos
populistas, en particular el peronismo, han dado algo que ningún otro gobierno ha dado. Sin
embargo, el peronismo hizo más cosas negativas que positivas: por ejemplo, destruyó la autonomía
del movimiento obrero, al transformar los sindicatos en dependencias de la policía, en instrumentos
del poder. Desvirtuó la educación en todos los niveles, en el terreno universitario lo que hizo fue
particularmente desastroso. Los investigadores fueron reemplazados por chantas.