Miércoles 06 de Noviembre de 2013
Nacida y graduada en Estados Unidos, militante feminista y con 35 años de trabajo en comunidades de Nicaragua, María Hamlin Zuñiga lleva 13 años al frente del Movimiento para la Salud de los Pueblos en Latinoamérica, una organización con representación en 19 países del continente y que aboga por el acceso a la salud universal. A días de estar en Cuenca (Ecuador), donde participó del cuarto encuentro del movimiento, recuerda que el proyecto nació como contrapartida a la reunión anual que la Organización Mundial de la Salud (OMS), hace hincapié en que la inequidad de América latina es la que sigue enfermando, aunque aclara que las patologías "de la pobreza no son las mismas que hace 30 años, se complejizaron". Afirma y reafirma que "no debe pensarse a la salud pública sólo para los pobres" y, entre las deudas pendientes, apunta a la legalización del aborto y a las políticas de salud sexual y reproductiva, al igual que a la prevención de la violencia contra las mujeres, las niñas y niños. En su paso por la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), donde ayer ofreció una charla, la médica y especialista en educación para la salud dialogó pausadamente con La Capital.
—¿Cómo explica el movimiento a quienes no lo conocen?
—Es un proyecto en el que nos embarcamos en 2000 organizando la primera asamblea mundial para la salud de los pueblos, como contraparte del encuentro que anualmente los gobiernos realizan en la OMS, en Ginebra. En 1978, esa asamblea de gobiernos acordó como meta para 2000 lograr la salud para todos y todas, por eso, el movimiento ese año les recordó que no había salud para todos y todas. Se observó la necesidad de crear un movimiento desde el punto de vista de los médicos y de la gente que trabaja con las comunidades.
—En ese marco, ¿cuáles son hoy los desafíos para América latina?
—Planteamos el derecho a la salud como derecho humano y no como mercancía, por eso tenemos contradicciones con el modelo biomédico y el modelo central de atención a pacientes que dependen de medicamentos industrializados y del negocio de los seguros de salud. La salud debe ser de acceso universal, se debe promover la prevención de enfermedades y conocer el trabajo ancestral de las comunidades originarias. Reconocemos que la medicina alopática es esencial, pero no es la única forma de ver el mundo. Tenemos un continente donde la brecha entre ricos y pobres es cada vez más grande. Hay que hacer mucho para que haya acceso y servicios de calidad, no pensar en la salud pública solo para los pobres, y con esa división en la atención para los pobres como si fueran de tercera clase.
—Pobreza e inequidad siguen siendo los principales desafíos.
—Eso causa enfermedad. Las condiciones de vida, esa brecha cada vez más ancha entre ricos y pobres, la falta de políticas que favorezcan a toda la población. Ni hablar de las economías para nada favorables.
—¿Las enfermedades de la pobreza son las mismas que hace 30 años?
—Ha cambiado mucho. Empecé viendo enfermedades comunes como la polio y el sarampión, diarrea, malaria y dengue, pero ahora, por las condiciones de vida, la gente sufre diabetes, alta presión, problemas cardíacos y enfermedades crónicas. Las patologías se complejizaron por las cosas que se hacen con el medio ambiente. Y un ejemplo en la Argentina es el cultivo de semillas transgénicas y el uso de agroquímicos, cosas que enferman a los productores y a los consumidores.
—Otro factor que se sumó fue el de la violencia.
—Hay dos cuestiones, el deterioro de las relaciones intrafamiliares, las situaciones de violencia contra mujeres, niñas y niños y, por otro lado, la violencia producto del narcotráfico. Ambas cosas tienen que considerarse como cuestiones de la salud pública. Es necesario trabajar sobre esta creciente violencia contra las mujeres que mucho tiene que ver con el deterioro de las condiciones de vida y la frustración que atraviesan los hombres que se encuentran desempleados. En algunos países se logra un abordaje desde la salud pública, pero es un punto crítico en toda América latina.
—¿Y el problema del aborto?
—Es una deuda pendiente, porque los que trabajamos en salud sabemos que el hecho de que no exista el aborto legal hace que las mujeres busquen la forma de abortar, y eso se traduce en mortalidad materna. En Nicaragua llegamos a ver a jóvenes tomando las pastillas plaguicidas que se usan en la cosecha de frijoles para abortar. No piensan que van a morir, pero mueren. Demandamos programas de salud sexual y reproductiva desde la niñez para entonces poder educar y evitar estos desenlaces.
El camino de Minnesota a Managua
María Hamlin Zuñiga nació en el frío estado de Minnesota, en Estados Unidos, al límite con Canadá, donde se recibió de médica y se especializó en educación para la salud; pero ya pasaron más de tres décadas de la primera vez que pisó Managua, de la que sólo se fue cuando el dictador nicaragüense Anastasio Somoza consideró “subversivo” su trabajo con las comunidades. “Todo porque enseñábamos la Constitución”, dice la mujer de pelo corto y sonrisa fácil, que ahora sólo vuelve a su país “de vez en cuando” a ver a sus hermanos.
Fue en 1968 cuando, luego de recibirse, planeó su viaje a Latinoamérica. Su destino eran los países andinos, pero terminó en Nicaragua abriendo un nuevo programa. “Tenía dudas, era todavía la época de Somoza, lo que yo consideraba una dictadura. Pero conocí trabajos interesantes en atención primaria de la salud”, cuenta sin ocultar sus temores. Trabajó con las comunidades asentadas sobre la costa atlántica del país y se fue a la zona selvática de Río Coco, en la frontera con Honduras, donde terminó a cargo del
proyecto.
“Para entonces, el Frente Sandinista ya crecía en la clandestinidad, entones el somocismo consideró subversivo mi trabajo porque organizaba a comunidades de indígenas y campesinos, y enseñábamos la Constitución”, dice para describir la situación que la sacó de Nicaragua hacia Guatemala, donde estuvo hasta que en la década del 80, ya con el sandinismo en el poder desde 1979, pudo regresar.
No sólo se admite identificada con el sandinismo en aquél momento, sino que además recuerda que en esos primeros años fue parte del Ministerio de Educación. Sin embargo, ahora marca sus diferencias con el actual presidente Daniel Ortega. “Como mujer y feminista, tengo diferencias con este presidente que ha penalizado el aborto, incluso el aborto terapéutico. Ese fue un revés muy difícil de sobrellevar”, dice explicando sus desencuentros con el actual gobierno, y agrega que “a eso se suman muchas otras cosas vinculadas a la violencia contra las mujeres, reformas con las que todo lo que se había logrado en los asuntos vinculados a violencia contra las mujeres, niñas y niñas, ha retrocedido completamente”. Por eso, se reafirma como “feminista y activista”, y se pregunta “cómo un gobierno que era tan progresista puede retroceder tanto”.