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Marcelo Britos: “Me parece terrible la desaparición de la enseñanza de la historia”

El escritor da una dura pelea desde su Rosario natal. Su apuesta, nada menos, es vivir de la literatura, y hacerlo sin traicionar su talento, su territorio ni su lenguaje. Nada fácil.  

Domingo 14 de Diciembre de 2014

Cálido, tranquilo, con pinta de buen tipo, Marcelo Britos da una dura pelea desde su Rosario natal. Su apuesta, nada menos, es vivir de la literatura, y hacerlo sin traicionar su talento, su territorio ni su lenguaje. Nada fácil. Mientras saborea un té (“vengo pasado de café”, avisa, pero más tarde aceptará un whisky), la charla se desarrolla en un caluroso anochecer rosarino.

   —Marcelo, ¿cuándo tuviste tu primer contacto con la literatura?    

   —Mirá, mi primer contacto con la lectura fue con las historietas de acción. En casa no se leían libros. Pero mi viejo, que fue cana y después laburó en dos empresas de transporte, Ablo y General Urquiza, era un fanático de las revistas de Editorial Columba. Las guardábamos en el garaje, no teníamos auto. Me acuerdo de Cabo Savino, Nippur de Lagash, Dago, Mi novia y yo, Pepe Sánchez. Y también de Mafalda, claro.

   —¿En qué barrio vivían?

   —Echesortu, la zona de Córdoba y Castellanos. Yo estaba todo el día en la calle. Y después me di cuenta de que mi manía de ficcionar tiene que ver con la necesidad de combatir el desamparo que había en casa. Mi padre, que tenía rasgos autoritarios, estaba muy ausente.

   —Y al libro, ¿cuándo llegaste?

   —Si te referís al libro de ficción o de poesía, de grande. Lo mío, en realidad, había sido siempre la política. Empecé de chico a militar, por el año 83: tenía 13 años, iba a un colegio religioso y ya era delegado estudiantil. No le podía decir al cura que iba a las reuniones de la Fede.

   —¿Arrancaste en el PC?

   —Sí, después me pasé al alfonsinismo en plena primavera democrática, por el 87. Llegué a ser, con Franja Morada, presidente del Centro de Estudiantes en la Facultad de Derecho, que dejé allá por el 98. Hice media carrera, pero la abogacía no era lo mío.

   —¿Y ahora?

   —Ahora soy furiosamente oficialista, no sé si decir kirchnerista. Seguro que no soy peronista. Igual, no me gusta la retórica maniquea que baja desde el poder, ese “estás con nosotros o en contra nuestro”. Por otro lado este gobierno ha levantado banderas que yo levanté toda mi vida.

   —Volvamos a la literatura, que es tu vocación y tu oficio. ¿Cuál fue el primer libro que te marcó?

   —“Sobre héroes y tumbas”. Ya tenía como 26 años y descubrí al viejo Sabato.

   —Viejo eras vos (risas)...

   —Sí, así fue. Me agarró una locura de leer noches enteras hasta las seis de la mañana, tenía como una especie de culpa de no haber leído nada hasta ese momento.

   —¿Y después?

   —El boom. García Márquez. Y de inmediato Cortázar, Borges. Pero lo que me cambió la perspectiva fue el encuentro con Mario Trejo, el gran poeta que vivió un tiempo en Rosario. Con Mario nos hicimos amigos, aunque todo empezó con un taller que dictaba.

   —Un tipo brillante y seductor, Mario. Pero nada fácil...

   —No, en el taller se produjo rápidamente una diáspora. Las mujeres huyeron primero (risas). No lo aguantaba nadie, era muy duro en sus críticas. Pero un amigo (Daniel Valdés) y yo nos la bancamos. Trejo me cambió la mirada de la literatura y del mundo, después de cada corrección me tiraba diez títulos. Me abrió la cabeza como un melón: descubrí a Faulkner, que me cambió la forma de escribir. Y ya no paré. La lectura compulsiva sigue hasta hoy.

   —Vos das la impresión de no querer ser un tipo que escribe para pocos. ¿Qué opinás del fenómeno Aira?

   —Aira tiene una obra muy extensa, hay cosas buenas y malas. A mí lo que no me gusta, más que su obra, es lo que habilitó con su estética: ese espontaneísmo, ese “abrir la canilla” y que salga lo que salga ha sido un mal ejemplo. Para escribir como Aira hay que ser Aira. Los que lo imitan han producido montones de novelas que no fueron ni serán leídas por casi nadie.

   —Y el público mayoritario, ¿consume literatura?

   —No, eso es culpa del mercado. Es ingenuo pensar que una obra va a tener un alcance equivalente a su calidad. Hoy, sólo importa el negocio.

   —¿Cómo salir de esa trampa?

   —Es bravo. Hay grandes escritores en Argentina, pero son invisibles para el mercado. Y al problema del mercado hay que sumarle el poder que tiene Buenos Aires. El único que puede cambiar eso es el Estado, pero acá el Estado hace la fácil: en lugar de romper con la lógica del mercado editorial, la acompaña.

   —Y cuando uno ve la lista de invitados a los festivales internacionales de literatura, casi todos son residentes en Buenos Aires...

   —Exacto, en la lista para Guadalajara hay sólo nueve que no viven en Capital. Y el total de los invitados es sesenta.

   —¿Y cómo hacemos para romper con el poder de Buenos Aires, ese fenómeno que hace que si vivís en Salta seas un escritor salteño, si estás en Rosario sos un escritor rosarino, pero si te mudás a la Capital te convertís súbitamente en un escritor argentino?

   —Es un gran desafío. Se puede hacer como Córdoba, que genera su propio escenario literario y procura que los cordobeses consuman su propia literatura. La fórmula no consiste en editar libros de autores locales y ponerlos encima del mostrador, como hicimos acá.

   —¿Qué pasa con Rosario?

   —Acá no existe un escenario literario propio.

   —¿Por qué?

   —No hay interés en generarlo. Parece que hubiera algo incipiente, pero no se logra solucionar el problema de la distribución. El obstáculo es, en primer término, el mercado concentrado: ahora por ejemplo Clarín compró Cúspide y Cúspide compró Ross, con lo cual todo se concentra más todavía. Y el país es la caja de resonancia de lo que pasa en Capital Federal. Como consecuencia, en las librerías vas a encontrar lo que nos manda Buenos Aires, no los libros producidos en Rosario. A partir de 2003, digamos, ha habido un surgimiento de editoriales alternativas, autogestionadas, que solucionan problemas graves, como el publicar la primera obra de un escritor nacional. Todavía no hay un mercado alternativo.

   —El público masivo, al parecer, casi no consume literatura argentina. No hay un Turco Asís, un Soriano, tipos que vendían y tenían, más allá de los gustos, calidad literaria. Parece que la literatura argentina sólo fuera consumo de tres o cuatro estudiantes de letras.

   —Hay de todo, aunque el canon académico, que es el que tendría que demostrarle al mercado que existe otra cosa, no lo hace.

   —¿Y qué papel juega entonces la Universidad?¿Por qué la única historia que existe de la literatura rosarina la escribió un abogado (y también poeta, Eduardo D’Anna) y no un licenciado en letras? La Facultad de Letras local, ¿mira a su propia ciudad?

   —No, pero tampoco lo hace la facultad de La Plata, ni la de la UBA. Todos se limitan, cómodamente, a acompañar el mercado editorial.

   —¿Y qué opinás de la influencia española? El poder editorial está allá, y la línea que se baja es la de escribir en español neutro, escapar de los localismos o regionalismos...

   —Me preocupan los escritores argentinos que escriben en español neutro, como Patricio Pron o Andrés Neuman. Eso es renunciar al lenguaje, a la identidad. Está bien que hace muchos años que viven allá, pero se venden acá.

   —¿Y sobre las traducciones que se hacen en España? Actualmente, para leer a grandes escritores como Raymond Carver o Cormac McCarthy, a quien elogiás siempre tanto, hay que recurrir a versiones españolas llenas de “gilipollas”, “coños” y otras horripilancias...

   —Eso es un desastre. Pensar que antes leíamos, por ejemplo, a Faulkner traducido por Borges (esa maravilla llamada Palmeras salvajes). En ese terreno hemos retrocedido mucho en relación con el pasado, coño (risas).

   —Y a nivel mundial, ¿no existe pérdida de talento? ¿Por qué no viven ahora un Camus, un Pavese?

   —No es fácil. En Italia, por ejemplo, en este momento hay un movimiento que plantea volver a la épica en un contexto parecido al que tenemos nosotros ahora: una literatura cínica, vacía, que no habla de nada, que ni siquiera interpela al lenguaje.

   —Vos también sos docente.¿Qué pasa con la escuela secundaria? ¿Estimula a los chicos para que lean literatura?

   —Tiene que ver con quién enseña. Tengo críticas al sistema, me parece terrible la desaparición de la enseñanza de la historia. Los chicos no saben en qué mundo viven. Pero si al pibe le das de leer, lee. A qué pibe no le gusta un cuento de Poe? Yo les doy a leer El pozo y el péndulo y después les pongo la película (de Roger Corman, con Vincent Price). Les encanta leer a Cortázar, a Bradbury. Lo que pasa es que falta imaginación?

   —¿Ves amenazado el futuro del libro en papel?

   —El libro en papel no va a morir. Tiene algo de fetiche, de objeto. La gente no renuncia al libro en papel.

   —Y Rosario, ¿cómo está?

   —Rosario se ha vuelto una ciudad tremendamente desigual y violenta. En ese sentido es igual a muchas ciudades, sobre todo las latinoamericanas. Así son México, Santiago de Chile, San Pablo, Río de Janeiro, Bogotá. Todas ellas son el reflejo de las sociedades tremendamente injustas que hemos construido. Vivimos en un mundo donde la pulsión es tener, y no todo el mundo puede tener. Hace unos años, Rosario parecía una especie de bálsamo en ese contexto tremendo. Se la veía como una ciudad solidaria, donde todo el mundo quería venir a vivir, pero ahora hay cosas que parecen incontenibles. Vivimos en un mundo injusto, y Rosario es parte del mundo.

   —La última: ¿de quién te sentís cerca entre los escritores rosarinos?

   —De los más jóvenes, Marcelo Scalona, el Mosca (Osvaldo Aguirre), Federico Ferroggiaro. Y esperá, me falta alguna mujer, si no me van a tratar de misógino... (piensa). 

   —Ya está: sos un misógino.

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