El deterioro de la salud de Nelson Mandela me lleva a reflexionar sobre el destino de los líderes políticos del siglo pasado, siglo que hasta hoy conserva invicta la parición de grandes hombres y mujeres de la política. Mandela, como todos sabemos, luego de veintisiete años sale de prisión con el espíritu de Mahatma Gandhi y logra ser presidente de su país con el número de presidiario 466-64 grabado a fuego en su piel de condenado a muerte. La bestia que a veces anida en el hombre hizo que por el apartheid miles de personas cuya piel pigmentaba negro sufrieran muerte, tortura y brutales discriminaciones. Mandela pudo reconvertir su propio odio en amor, entendió que ambas cosas se aprehenden. También concluyó que el verbo más difícil en política es reconciliar. Mandela pensaba que cuando no se quiere oír al otro es porque se teme a las verdades del otro. Su camino no sólo fue difícil por sus enemigos, también lo fue por sus amigos. Interpretar a un líder no es tarea sencilla. Tampoco lo es para quien debe encontrar respuestas a viejos y nuevos problemas. Los líderes políticos hoy escasean. Perduran los del siglo pasado porque no acomodaban sus ideas y principios al marketing o de haber existido, a los vendedores de encuestas e imagen.





























